Entrepreneurship

Hace poco leí un artículo de Jaron Rowan sobre las personas-marca y me pasó algo curioso. Rowan señalaba dos maneras de pararse en el mundo, la del sujeto-emprendedor absorbido por la psicosis neoliberal, por un lado, y la postura proto-pos-capitalista de las empresas del pro-común por el otro, y si bien cuando el tipo describía una y otra forma de ser en el mundo yo sabía que estaba del lado del pro-común, de la lucha por el conocimiento libre, de la gestión comunal, del peer-to-peer, en definitiva, de los buenos de la película, sin embargo no podía dejar de identificarme con cada una de las observaciones que el tipo iba enumerando acerca de “los otros”, de los sujetos empresa, de los millones de pobres tipos que fuimos víctimas del capitalismo tardío y de la posmodernidad y de las democracias liberales y de la sociedad de consumo y de la era del vacío y de la vida líquida y de los mass media y del fin de la historia, pobres tipos que quedamos con el cerebro hecho polvo y que nos bebimos, con más o menos pasión, los 12 pasos del entrepreneurship como nos podíamos haber bebido los 12 pasos de AA, cada uno a su modo pero todos con la misma esperanza (esa esperanza que los mass media y los gurúes te insuflan: esperanza de poder hacerlo uno mismo, de ser independiente y feliz), y si lo hicimos no fue necesariamente por ser tipos especialmente vulnerables, o poco dados al razonamiento, o estúpidos, sino más bien porque, como el alcohólico, sabíamos muy bien de dónde veníamos, sabíamos que nuestra vida anterior, y la de nuestros padres, y la de nuestros abuelos, no había sido precisamente bella, como así tampoco había sido bella la situación existencial de ellos, explotados más o menos salvajemente por el patrón de turno, vendiendo su fuerza de trabajo en forma miserable a señores que los explotaban y los exprimían y les quitaban hasta la última gota de felicidad y de sentido a sus vidas, a cambio de un sueldo mediocre y de 15 días de vacaciones. Sabíamos todo esto y si caímos en las garras del entrepreneurship fue únicamente porque vimos en el bendito entrepreneurship una luz chiquita, una grieta mínima a través de la cual quizás podríamos meternos. Y en el camino, por supuesto, nos fuimos creyendo una tras otra la sarta de estupideces de los manuales empresariales. Eran tiempos en que leíamos, colgados del pasamanos de un tren mugroso, cómo fue que hijos de puta como Bill Gates o Steve Jobs lograron lo que lograron, haciendo su camino desde abajo (porque siempre, según estos manuales, se logra el éxito desde abajo), épocas en las que le pusimos enorme fe a nuestro microemprendimiento de compra y venta de estampillas chinas, y luego al de traducciones técnicas y subtitulados, y al de tarjetas de cumpleaños innovadoras, el de ponchos traídos de Jujuy, el del poker online o las clases de arte por Internet.

Fuimos idiotas, es cierto. Cometimos el error de creer que estábamos ganando algo cuando en realidad (nos lo puede decir cualquier sociólogo de izquierda) estábamos precarizando nuestro trabajo, perdiendo uno tras otro los derechos que tipos de generaciones anteriores consiguieron con luchas y sangre. Lo echamos todo a perder cuando nos fuimos por nuestra cuenta y lo peor es que lo hicimos por voluntad propia, sin ver que las mismas empresas que antes nos tenían que pagar una jubilación ahora nos pedían ellas facturas a nosotros, y haciéndonos los sotas cuando los años pasaban y no teníamos ni puta idea de dónde carajo nos íbamos a caer muertos. Y peor que peor, lo estábamos haciendo con orgullo, con la convicción y la vanidad necia del que va feliz a la guerra, a una guerra orquestada por otros a la medida de sus intereses. Sí, fuimos muy estúpidos. Jamás debimos creer que estábamos ganando. Todo lo contrario: hoy nuestro deber es aceptar que perdimos, que nuestra vida es hoy más precaria, que nada hay más patético que ver a un micro-emprendedor cuando habla de sus cursos de coaching ontológico, de sus planes de negocio, de sus alianzas estratégicas y trata de seducirte y finge que está de buen humor y te miente infantilmente sobre éxitos anteriores y sobre oportunidades imperdibles e inmediatas. Nada hay más patético que ver a ese micro-emprendedor (verse a uno mismo) repasando todas las noches números, fechas, tablas, nombres de personas y precios, inventando una agenda mental hiper-concentrada y alienante, rumiando hasta las cuatro de la mañana ideas obsesivas y desesperadas para conseguir llegar a fin de mes.

Y así y todo, cuando las voces del pasado vienen y nos dicen lo estúpidos que fuimos, lo mal que estamos, lo bajo que caímos en la escala humana, nosotros sabemos que de algún modo lo que hicimos no fue tan malo y que, lo queramos o no, ya no podemos volver atrás. Y si no podemos volver atrás es, en primer lugar, porque no hay lugar para nosotros. Porque ya nadie nos quiere como empleados con vacaciones y cargas sociales y todas esas cosas. Aunque quisiéramos volver a eso (y ojo, no queremos), ya no podemos. Ya estamos excluidos, por las empresas capitalistas y también por esa clase rancia y mezquina en que se han convertido los trabajadores y sus sindicatos. Tipos, los trabajadores, que han hecho todo lo posible por no caerse del barco, por cuidar su culo adentro de las empresas, por dejar que los sigan explotando. Tipos que han sabido arañarle unos mangos a los capitalistas, los mangos suficientes para quedarse tranquilos ellos y despreocuparse de todo el resto de los infelices que vivimos en la más absoluta precariedad. Lo digo yo: hoy los trabajadores no representan a nadie más que a sus propios culos temerosos. La revolución no va a llegar de gente que está dispuesta a matar para defender sus pequeños privilegios. No va a llegar de reclamos mezquinos ni de ideas arcaicas. No. La revolución, si es que algún día llega, solamente puede venir de todos los que nos bajamos o nos caímos o nos tiraron del barco, de todos los que nos comimos la mierda de la persona-empresa, del entrepreneurship y del coaching ontológico, va a venir de todos los que tenemos el cerebro descerrajado y el ánimo atravesado por marcas-sujeto y planes de negocio a micro-escala. Porque nosotros, y acá viene la segunda razón por la cual no podemos volver atrás, no tenemos ningún interés en retroceder a la situación de antes. El mundo líquido y posmoderno y massmediático y neoliberal y consumista es una gran mierda, pero el mundo sólido y moderno y reprimido y de moral protestante fue tan mierda como este.

Algunos nos dirán que antes al menos había lugar para pensar; que la lógica de la publicidad y de los medios masivos nos terminaron por convertir en monigotes fanáticos de marcas e imágenes fetichistas. Y es cierto. Somos eso. Somos monigotes ávidos. No pensamos. No sabemos pensar. Pero los que caímos al vacío y braceamos y pataleamos sobre un fondo negro sin terminar nunca de estropearnos contra ningún lado, de alguna manera extraña intuimos, vislumbramos, guardamos una confianza irracional y meramente sensitiva, en que son esos mismos mass media, esos mismos capitales incomprensibles, esos mismos pulpos gigantescos y opresivos, los que se están destruyendo a sí mismos, los que sin saber cómo ni por qué están fabricando enemigos más fuertes que los que nunca tuvieron, los que, sin quererlo (y esto es lo más importante) están empezando a darnos los medios de producción, los que se dan cuenta de su error pero no pueden evitarlo porque la fuerza los arrastra y entonces, llenos de miedo, montan persecuciones y condenan al oscurantismo a buena parte de la humanidad. Y mientras tanto, muchos entrepreneurs desquiciados, hartos de fracasos y fracasos, empezamos a ver que, como decía Jaron Rowan al principio, hay otras formas de pararse en este mundo posmoderno y massmediático y líquido, y es entonces como sin plan alguno y por la más mezquina necesidad, una enorme cantidad de personas (muchos sin entender del todo lo que estamos haciendo) nos empezamos a organizar, a compartir conocimiento y bienes de consumo, a prestarnos o a regalarnos plata, a colaborar por objetivos comunes, a armar una (más bien, muchas) economías paralelas que, curiosamente, ya no son tan precarias como en tiempos pasados, sino que de repente funcionan y son eficientes (muchas veces más eficientes que los pulpos) y hasta son cool.

Es decir que somos nosotros (y no los trabajadores sindicalizados de hoy, con su mezquindad y con sus cabezas hechas para un mundo que ya no existe porque las condiciones materiales son inevitablemente distintas a las del siglo XX), somos nosotros, decía, los mismos que abandonamos el barco, los que perdimos todos los privilegios, los que sabemos lo que es la precariedad y aun así la preferimos a la esclavitud, los que un día anduvimos con el pecho inflado creyéndonos empresarios y luego supimos que éramos en verdad idiotas, los que nos vimos forzados a encontrar medios nuevos para subsistir y solidaridades nuevas, los que aprendimos a usar las tecnologías por necesidad y no por gusto, los que vimos en estas tecnologías un arma más potente de la que podíamos imaginar, somos nosotros, digo por fin, quienes tarde o temprano vamos a volver obsoleta a la forma de producción capitalista, y quienes, dentro de más o menos tiempo, y no antes de que nos censuren y nos persigan y nos apaleen, vamos a hacer caer a esos pulpos depredadores para el bien de todos.

Caos en la Panamericana

Hace un par de semanas se murió Galubaya. Es raro, pero nunca supe qué significaba Galubaya hasta el día que se murió. Ahora sé que significa azul, en ruso. Algo con los rusos debían tener los del criadero, porque el apellido de la perra era Red Star.

La estrella roja es el símbolo (uno de los símbolos) del comunismo. Mi abuela y mi abuelo eran comunistas. Una era argentina, hija de rusos. El otro, polaco. Los dos eran judíos.

Mis abuelos se conocieron en una reunión del Partido Comunista. En una foto vieja que mamá encontró en un baúl hace pocos años, mi abuelo está trepado a un monumento, junto a tres compañeros, con el brazo en alto y el puño cerrado. El paisaje es de sierras.

En otra foto está mi abuelo más joven, en un puerto, del brazo de una mujer con sombrero que no es mi abuela. Mi abuelo usa una musculosa negra.

Mi abuelo llegó de Polonia a fines de la década del ’20. Viajó con varios hermanos, pero otros hermanos, sus padres y primos quedaron allá.

Hace poco busqué su apellido, Pocztaruk, en un sitio web que es el archivo del Holocausto. Al menos 3 decenas de Pocztaruk de su ciudad, Biala Podlaska, fueron asesinados en 1942. El nombre de una mujer coincide con el de la abuela de mamá.

Mamá dice que es imposible. Que el abuelo le contó que sus padres habían muerto de viejos. Que hablaba poco de la familia en Polonia, pero que cuando lo hacía, jamás se ponía triste ni dejaba entrever una tragedia oculta.

Sea como fuere, muchos Pocztaruk murieron. Biala Podlaska fue arrasada. De 6000 judíos, quedaron 300. Lo mejor que pudo haberles pasado a mis bisabuelos es morir antes de la ocupación alemana.

La militancia comunista de mis abuelos también es muy difícil de reconstruir. Mamá dice que solamente hablaban de política para insultar a los peronistas. Dice, además, que todos los hijos tenían prohibido contar esas conversaciones cuando salían de la casa.

Cuando mamá era chica, mis abuelos ya no militaban en el partido comunista ni en ningún otro lado. Mi abuelo hacía pisos de parqué. Mi abuela atendía un almacén.

Mi abuelo murió cuando yo tenía 9 años. Jamás me habló de nada que hoy yo pueda asociar a la política o a ideas comunistas. En cambio, me enseñó una cantidad extraordinaria de juegos de cartas.

A los 5 años, jugaba con él a más juegos de los que ahora sé nombrar. Me enseñó el truco, la canasta, el poker, el black jack y, sobre todo, otros muchos juegos con baraja inglesa a los que él se refería con nombres de números de dos cifras y que jamás volví a oír.

Con excepción del truco, dejé de jugar a las cartas cuando se murió mi abuelo. Sin embargo, veinte años después un amigo me contó que se podía ganar dinero con el poker.

Jugar al poker por Internet no es lo más satisfactorio que puede hacer uno para comer. Pero tampoco está mal. Lo hice durante cuatro años. Me gustaba leer los libros de teoría de Sklansky. Me gustaba entender el juego. Me gustaba ganar plata sin trabajar. Me gustaba no entender por qué había gente que se dejaba explotar cuando era tan fácil jugar a las cartas.

Yo jugaba 4000 manos de poker por día. En la vida, debo haber jugado más de 2 millones de manos. Si hay algo a lo que el poker por Internet te enfrenta cuando jugás en los volúmenes que jugaba yo, es al vacío. El mismo vacío que hay en cualquier otra actividad humana, pero visto de frente. Lo interesante del poker es que todo es transparente y no hay confusiones.

Durante esos cuatro años, jamás asocié al poker con mi abuelo.

Ahora, ay, hago algo parecido a trabajar.

Con una salvedad: el trabajo no está demasiado mal. Puedo decir que a veces creo en lo que hago.

Ahora, también, participo en política. Tampoco está mal. Lo que hago no tiene nada que ver con pasillos oscuros ni con discusiones interminables ni con paredes mohosas ni con el Partido Comunista. Mi militancia es alegre y colorida. La gente con la que milito no es mezquina ni está pensando en sacar ventajas de algún cargo subalterno. Es gente que simplemente cree que para lograr cambios hay que juntarse y actuar.

Hay algo en mi vida actual que se parece quizás a una decisión, o al menos a la aceptación de un recorrido, de una dirección, de un mínimo impulso en algún sentido.

Algo que, sin embargo, me resulta infinitamente triste. En mi situación, caigo sin querer en una total y absoluta falta de comunicación con muchas personas que quiero.

Personas a las que nada puede resultar más aburrido que mis cosas: los andamiajes de la izquierda uruguaya, las colectas para causas feministas, los cursos de gestión cultural, los artículos leguleyos en contra del copyright y las minucias soporíferas de una vida de pareja estable.

Personas que están embarcadas en estupideces radicalmente distintas e incompatibles con las mías, pero curiosamente análogas.

Personas que, como yo, no podrían dar cuenta de sus elecciones ni mucho menos del hastío que les provoca todo lo que cae por fuera de ellas.

El tema de fondo, creo, es qué puede tener que ver una ciudad judía arrasada (o cualquier historia equivalente) con cualquiera de nosotros. Qué relación puede haber entre jugar a las cartas con el abuelo y las 4 mil manos por día que vienen después. O entre Galubaya y Biala Podlaska. O entre los cursos de gestión cultural y cualquier forma de espiritualidad. Todos nos hacemos estas preguntas, cada uno a su manera, de vez en cuando.

 

Papelitos se mudó y ya no es más Papelitos. Es Axaxaxas mlö.

Primero, lo importante: este blog se acaba de mudar acá desde Blogger.
La mudanza la hago con todos los posts incluidos, salvo un par que borré por malos.
La razón de la mudanza es que hace unos días me iluminé y me di cuenta de que no necesitaba pedir prestado alojamiento a Blogger. En el hosting que alquilo para la web de Ártica puedo alojar tantas webs como quiera.
Lo más divertido de todo es que este blog no se mudó a cualquier parte. Se mudó, como verán, a Tokelau. Eso y no otra cosa es el dominio .tk. Tokelau, además de un archipiélago de 3 atolones, 10 kilómetros cuadrados y 1500 habitantes, es también una de las pocas jurisdicciones que ofrece dominios gratuitos a gente de cualquier parte del mundo. Otra, por supuesto, es Argentina. Pero Tokelau ofrece la ventaja de no pedir ningún dato personal.
En esta noche de calor, en definitiva, mandé a Blogger a la mierda. El mismo Blogger cuyo filtro antispam dio falso positivo y bloqueó mi blog durante una semana en la que no supe si iba a poder recuperar todo, algo o nada de mis horribles posts. El mismo Blogger que nos cuida día y noche, a pesar de que no se lo pedimos.
En esta web versión 2012, me pareció prudente la decisión. Esta web 2012 de censura y de persecuciones. Esta web bombardeada por el FBI a pedido de un puñado de monopolios empresariales. Una web sitiada y maltrecha que así y todo sigue siendo todavía hermosa.
Por supuesto que mi nueva situación no me asegura nada. Nada impide que la empresa de dominios tokelauanos me quite el subdominio cuando se le cante. Nada impide que el hosting que alquilo, cuyos servidores están en Estados Unidos, me cancele el servicio a piacere. La solución más radical, por supuesto, sería tener un servidor propio o comunitario, lo cual trae también sus propias dificultades. En cualquier caso, el riesgo ahora está un poco más distribuido. O eso creo.
De todas formas, qué digo. Mi blog es, lo mire por donde se lo mire, una pinturita. Ya me hubiera gustado que Google me censure. A decir verdad, el hecho de que no me hayan censurado es casi una afrenta. Una recordación de que este diario personal es como una gelatina light preparada con más agua que la que dice el paquete. Nunca gente desnuda, nunca copias truchas del nuevo Photoshop, nunca amenazas a la seguridad del presidente Obama. Apenas un par de links atrevidos en dos años de posteos esporádicos.
Me gustaría ser más audaz, pero para eso tendría que crear un blog anónimo. Al fin y al cabo, así es como nació este y como se mantuvo durante un tiempo, hasta que las ganas de figurar pudieron conmigo y terminé suplicándole a todo el mundo que me hiciera propaganda. Ya ven cómo terminan las ansias de anonimato; nada me garantiza que un nuevo blog anónimo no termine de la misma manera.
Aprovecho la mudanza para cambiar el nombre del blog. A partir de ahora se va a llamar, al menos hasta que encuentre un nombre mejor, Axaxaxas mlö. Papelitos ya me tenía los huevos llenos. Cuando recuerdo un título como “Los papeles salvajes”, de Marosa di Giorgio, pienso en lo pelotudo que hay que ser para escribir “papelitos”, así en diminutivo. Ya sé, en su momento el sentido estaba en que el blog venía a remplazar a los talonarios chiquitos que yo usaba para escribir ideas sueltas. Era algo simple y descriptivo. Pero ahora ya no escribo ideas tan sueltas ni tan breves, así que lo de Papelitos parece más una grasada cursi que cualquier otra cosa.
Axaxaxas mlö no es mucho mejor. Es simplemente una cita más o menos rebuscada de Borges. No quiere decir nada y esa es un poco la gracia que le veo. Por lo demás, la cita está sacada de La biblioteca de Babel, un cuento que no tiene nada que ver con todo lo que escribo acá ni tampoco con la idea que quiero transmitir sobre cómo debe leerse este blog.
Eso sí, mi dificultad para encontrar títulos no es un asunto nuevo. Ya tuve varios blogs que desaparecieron, uno de los cuales se llamó (perdón) “Sus medias negras”, y el otro, “El jorobadito”. Un día voy a escribir un post sobre la experiencia catastrófica de El jorobadito. Les puedo adelantar que un día, simplemente, tuve que huir.
Bueno, hola. Espero que este sea, para alegría mía, el último post de mi vida en Blogger.

La fantasía fascista

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Rambo en pleno orgasmo fascista

La cuestión no es si hay gente que nos cae mal, que nos molesta, que nos enerva, gente a la que le auguramos el mal, gente a la que desearíamos cachetear, patear, acuchillar, mutilar, torturar, asesinar, descuartizar y hacer burlas con su cadáver. La cuestión, tampoco, es si hay colectivos enteros de personas a los cuales nos gustaría poner en fila, encadenados, para que reciban nuestro escupitajo y nuestra revancha. Miembros de asociaciones, comités y gremios, simpatizantes de equipos de fútbol, de cumbia, de heavy metal, de los Redonditos de Ricota, políticos y empleados públicos, taxistas, manifestantes, malabaristas y rastafaris, testigos de Jehová, mormones, motoqueros, adeptos a la Iglesia Universal, gitanos, judíos, católicos, árabes y ateos, negros, gordos, enanos, habitantes de villas miseria, de barrios pobres, de viviendas de clase media y de countries lujosos, sociedades y pueblos enteros respecto a los cuales ningún sueño sería más gratificante que el de juntarlos a todos en un estadio, rociarlos con querosén y echar un fósforo. Verlos arder como a hormigas, desde adentro, convirtiéndose lentamente en carbón. Escuchar sus gritos de muerte y deleitarse, relamerse, masturbarse, sentados en un sillón y con una copa en la mano. Presenciar su desintegración total y absoluta. Como un meteorito, como una catástrofe nuclear. Repentina, mágica.

La cuestión es que esas fantasías, primarias y psicóticas, son imposibles. Pueden servir para aliviarnos en un momento de frustración extrema o para entretenernos en un instante de aburrimiento mortal. Pero en un plano concreto, en un plano político, son algo absurdo. Porque, seamos sinceros, en ese sueño apretamos el botón con el que se detona la bomba y todos los que creemos que no son aptos para convivir con nosotros como gente normal mueren al instante. O, mejor, tenemos un ejército de esclavos que ejecutan nuestras órdenes homicidas sin chistar. En cualquier caso, somos todopoderosos. Nadie opina distinto, nadie nos contradice ni se rebela. En nuestra fantasía no queda vivo ni uno solo de nuestros enemigos. No hay que realizar tareas sucias, rastrillajes nocturnos ni ordenar persecuciones o tiroteos de poca monta. No nos sometemos a ningún poder tiránico, nadie controla lo que hacemos, nadie nos espía, simplemente nos echamos panza arriba y bebemos margaritas. El enemigo no tiene la más mínima posibilidad de defenderse ni de vengarse. La vida luego de la masacre es plácida, libre, feliz. No hay preocupaciones. Los seres humanos sobrevivientes cooperan, se ayudan en las dificultades, ejercen la tolerancia, se aman. Es la victoria delirante, es la llegada del Reino de Dios.

Pero hay que detenerse un momento.

Es verdad que las cosas andan mal. Es cierto que los chorros arrecian, que los políticos son corruptos, que los trabajos son ingratos. Nos sentimos como el orto y tenemos derecho al miedo, a la bronca y a la frustración.

El problema es que aunque alimentemos políticamente la persecución y la represión extremas, jamás vamos a ver satisfecha nuestra fantasía desesperada, loca y todopoderosa; por el contrario, solamente vamos a ver reducidas nuestras libertades, solamente vamos a haber entregado a otros la decisión sobre nuestras vidas.

Tenemos que interponer, entre nuestras pulsiones asesinas y nuestra acción política, un mínimo filtro, un matiz, un pensamiento. Pensar.

Por querer hacer real nuestra fantasía fascista nos estamos condenando a algo que no se parece en nada a esa fantasía. Lo que vamos a tener es un mundo paranoico, un mundo de control obsesivo, un mundo que se está llevando nuestra libertad por delante y que, a cambio, no nos da ni siquiera la satisfacción última de la aniquilación total. Un mundo frustrante y aburrido, un mundo de miedo y de rencor mezquino.

Si estamos locos de frustración, si odiamos la vida porque somos infelices cuando no deberíamos serlo, si estamos desesperados y hundidos y humillados (y acá el tema no es si tenemos plata o no, si conseguimos un buen trabajo o no; entendámonos, es algo mucho más profundo), admitámoslo.

Y pensemos algo nuevo.

Legislación de avanzada

De las cosas curiosas de este mundo, una de las que más me conmueve es la referida a los insólitos nichos que encuentran el socialismo y el comunismo en su errático camino hacia la gran Revolución.

Y es que si hay un lugar donde al día de hoy está claramente prohibida la plusvalía, ese ámbito no es otro que el de la prostitución. Lo que quiero decir es que en Uruguay, como en tantos otros países, no está prohibida la prostitución, pero sí está prohibida la obtención de un beneficio económico a partir de la prostitución de otra persona, aun si hay consentimiento de ambas partes. El proxeneta es digno de sanción porque obtiene un beneficio indebido por el sometimiento de otra persona a un trabajo denigrante e insalubre. Nada diferente de la enorme mayoría de las relaciones laborales en nuestra sociedad. Uno tiende a creer, entonces, que la persecución a los cafishos es solamente la punta de lanza de la propagación del comunismo por el mundo.

Pero atención en las filas burguesas, porque la ola anti-mercantilista sigue avanzando y tiende a implantarse en nuevos e impensados ámbitos. Hablo, aunque cueste creerlo, de la legislación del faso. Pasada la fiebre de la guerra a las drogas típica de los años ’80 y ’90, ahora en gran cantidad de países se están presentando proyectos de despenalización de marihuana y otras sustancias. Lo interesante de estos proyectos es que despenalizan únicamente la autoproducción para el consumo, pero no la producción comercial para la obtención de un rédito. Más audaz aun es una de las versiones que circulan del proyecto uruguayo de despenalización, el cual plantea la legalización de clubes comunitarios de productores de cannabis, mientras que mantiene las penas actuales para los eventuales comerciantes de drogas. Es decir: todos tenemos derecho a consumir el producto; lo que está prohibido es la producción comercial y el lucro extraordinario.

Una legislación puede ser casualidad. Dos, ya no.

Repito: atención capitalistas, que la fiebre comunista avanza por rieles arrumbados y circunvoluciones sórdidas. Si un día resulta que la legislación en temas de puterío y de faso se propagan, sus horas están contadas.

El proceso de escritura (2)

Cuando tengas muchas ideas en la cabeza y todas las ideas estén relacionadas entre sí, aunque en distinta medida unas con otras y de una manera no demasiado definida ni clara, porque al final de cuentas no siempre es fácil acertar al tipo de relación que tienen unas ideas con otras y, por otra parte, muchas veces de lo único que se trata el relacionamiento es de un mero asunto gramatical, es decir, de si en determinado lugar es preferible un “y”, un “o”, un “si” o un “pero”; cuando te suceda que tenés todas estas ideas y que cada una de estas ideas corre por separado y que todas empujan por ser dichas y no sabés qué hacer porque no te gusta escribir mal las cosas (no se trata de un asunto de vanidad, sino de mera angustia por la dificultad que te trae no poder comunicarte) pero tampoco te gusta dejar de escribirlas; cuando te suceda esto y te amargues y comiences a odiar a todos los que te rodean, no te preocupes.

Escribí cada idea por separado, escribila de un tirón y sin comas, escribila como si estuvieras persiguiendo a una cucaracha y quisieras matarla lo antes posible y no pudieras pensar en otra cosa hasta hacerlo, escribila así y liquidala con un tremendo punto y aparte. Luego, después de una gigantesca sangría, estampá la idea siguiente y no te esfuerces por que tenga relación con la idea anterior. Vos ya sabés que están relacionadas. No intentes ningún “por lo tanto”, ningún “si así fuera”, ningún “de todos modos”. Dejá caer la idea nueva. Y dejá caer la siguiente y la siguiente.

Si alguna vez tuvo sentido lo que querías decir, si alguna vez esas ideas fueron rústicas y austeras y valientes, entonces van a ser ellas, las ideas mismas, ya fijadas en el papel o en la pantalla, las que se atraigan solas, las que se reúnan y griten la millonésima parte de una gran verdad.

Comunista cultural

En el blog “Los futuros del libro“, Joaquín Rodríguez (de aquí en más, JR) publicó un artículo a propósito del FCForum, llamado “Observaciones sobre la cultura libre”. Si pueden, léanlo para que se entienda lo que viene después.

http://www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro/2011/10/26/133890

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Sigamos.
La cuestión es que leo el blog de JR desde hace tiempo, y el tipo siempre me pareció alguien razonable en cuanto a su enfoque de los cambios culturales que se están dando. Para que se hagan una idea, utiliza licencias CC, escribió un libro sobre Wikipedia, apoya a Bookcamping. En otras palabras, no podemos decir que sea un garca.

Sin embargo, el post que acabo de citar me hizo saltar la vena y se armó debate en los comentarios. A continuación, el intercambio:

Yo:
Hola! He leído con atención el post y me parece interesante tu postura sobre la tensión entre copyright y cultura libre. Sin embargo, me gustaría hacer algunos comentarios críticos:
1 – Si el copyleft se vale del copyright para establecer libertades, es porque no hay otra forma legal de establecer estas libertades. Es, en cierto sentido, una especie de argucia legal que inventaron los desarrolladores de software para permitir la reproducción de sus obras sin necesidad de permiso previo y, sobre todo, para evitar que otros se apropien de las obras derivadas (la famosa cláusula “Share alike”). Es decir que el copyleft nace como respuesta de la comunidad a la ley vigente.
2 – Es muy discutible la afirmación de que los creadores deberían ser “libres” de elegir entre usar copyright o copyleft. Hay un argumento muy utilizado por los defensores del copyright, el cual dice que sería autoritario prohibir las licencias propietarias. Para los defensores de este argumento, el autor debe ser libre de elegir si quiere prohibir o no la reproducción de sus obras. Es decir, si le quitamos al autor su derecho a prohibir algo, estamos avanzando sobre sus libertades. Yo creo que este argumento es, al menos, discutible.
3 – Por último, hay muchas comunidades y organizaciones que están planteando, justamente, redefinir la idea de propiedad intelectual y de derechos de autor. Para esta redefinición, ponen sobre la mesa otros derechos que entran en conflicto con los anteriores, como el de acceso a la cultura y el de libertad de expresión. Poner en cuestión las leyes de propiedad intelectual implica, tal vez, formular nuevas leyes que “prohiban prohibir”.

JR:
Gracias por tus comentarios, que me parecen desacertados, en cualquier caso:
1. Copyleft es copyright, sin argucias ni manipulaciones. Lo dice claramente el texto de la Ley de Propiedad intelectual: TÍTULO PRIMERO
Disposiciones Generales
Artículo 1. Hecho generador
La propiedad intelectual de una obra literaria, artística o científica corresponde al autor por el solo hecho de su creación.
Artículo 2. Contenido
La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley.
2. Invocar una limitacion de la propiedad intelectual por el derecho de acceso general e irrestricto sería tanto como decir que, ya que todos tenemos hambre, tres veces al día, las panaderías y las cafeterías deberían abrir sus puertas sin restricciones. Eso sí: todas aquellas obras que hayan sido financiadas con fondos públicos, proyectos de investigación, etc., deben estar estrictamente sometidas a un principio de transparecencia y circulación que no tienen por qué tener las obras que hayan sido creadas de manera privada e independiente. En este último caso, no puede ni cabe violar el principio básico de la propiedad intelectual.

Yo:
Joaquín, creo que no se entendió bien mi comentario anterior.
Estoy completamente de acuerdo contigo en que copyleft es copyright. Copyleft es una forma (ingeniosa, por cierto) de utilizar el copyright. Eso está claro. El copyleft es la mejor licencia que encontraron los defensores de la cultura libre para operar dentro del marco legal vigente.
Sin embargo, tal como decís vos con respecto a las obras huérfanas, en este caso también es posible pensar otros marcos legales distintos al vigente.
Tu argumento de la panadería es inexacto. La propiedad de las ideas es esencialmente distinta a la propiedad de las cosas físicas. Esto es así porque las cosas son distintas a las ideas: mientras que las cosas son escasas, las ideas se pueden reproducir al infinito sin afectar el original. Por esta razón, yo puedo estar (y de hecho lo estoy) en contra de que las multitudes entren a las panaderías a llevarse bizcochos, y simultáneamente estar a favor de la libertad para reproducir, difundir y reelaborar las obras intelectuales.
Mi intención no es convencerte de mi postura. Simplemente mostrar que hay quienes creemos posible discutir el corazón mismo del concepto de propiedad intelectual.
Quienes estamos en favor de la cultura libre irrestricta, conocemos la ley actual. Conocemos su texto y sabemos cómo está definida la propiedad intelectual en dicho texto. Simplemente queremos cambiar dicho texto. Y por esa razón militamos políticamente, por esa razón realizamos eventos y acciones ciudadanas. Porque creemos, sobre todas las cosas, que cambiando ese texto, los autores y la sociedad en general (excepto algunos monopolios) nos beneficiaremos por igual.
Saludos.

JR:
Todo derecho tiene su limitación. El derecho de propiedad siempre tiene como tope el del bien común o, por el contrario, el del daño que pudiera causar el hecho de monopolizarlo. Esto está recogido en cualquier legislación, no es cosa del debate actual. Si bien las ideas, en sí mismas, carecen de protección legal, su expresión formal goza y debe gozar de todos los privilegios de la protección. Corremos el peligro, por eso, de radicalizarnos en posturas antagónicas: las de la industria cultural, que percibe el peligro de la pérdida del monopolio sobre el control de la reproducción y circulación de los contenidos, privilegio de naturaleza esencialmente analógica que encuentra dificultades para pervivir en el entorno digital, y las de los movimientos copyleft, que en función de un silogismo algo inocente: “Todos tenemos Internet; Internet es libre y sirve para copiar; todos somos libres y copiamos libremente”, consideran de obligado cumplimiento la renuncia incondicional al copyright en aras de un supuesto comunismo cultural.Y eso, claro, no es así.

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Si la cuestión terminó acá es porque consideré que ya había sido claro en mi punto de vista y no me gusta mucho trollear en blogs ajenos. Pero como para algo tengo mi blog, acá la sigo.

La postura de JR es la típica de alguien que ha leído a Lawrence Lessig. De hecho, en el libro “Free Culture“, Lessig plantea la relación entre cultura libre y cultura propietaria en términos casi idénticos.

Por supuesto, nadie puede decir que Lessig no sea uno de los militantes más importantes en favor de democratizar la cultura. Y sin embargo, es el mismo Lessig quien aboga (igual que JR) por no radicalizar la postura anti-copyright. Esta cuestión es muy delicada y me gustaría detenerme un momento.

Hay dos maneras posibles de entender este llamado a no defender una postura radical: una ideológica y otra pragmática. En el primer caso, la postura de Lessig y JR sería la de tipos que consideran sinceramente que la cultura libre debería coexistir con la cultura propietaria, y que piensan, además, que el objetivo final de nuestra militancia es simplemente que la relación entre ambos tipos de cultura sea sana y haya una suficiente masa de cultura libre como para no frenar la innovación social, etc, etc. Es muy posible que estos sean sus verdaderos propósitos y, si es así, no estoy de acuerdo.
Por el contrario, a mí me gusta ver el llamado de Lessig a la moderación como el de un tipo sumamente pragmático, que sabe que hoy en día no hay ningún atisbo posible de revolución en este campo, que las fuerzas en pugna son muy desiguales y que la única forma de luchar hoy por esto es con un discurso como el que se lleva adelante en Creative Commons.

CC ha hecho un trabajo descomunal por la cultura libre en todo el mundo, y a pesar de que su discurso sea demasiado poco crítico, opino que en la coyuntura actual todos los que pensamos que debería haber más cultura libre (no importa cuánta) deberíamos trabajar juntos.

Sin embargo, eso no implica de ningún modo tragarse el discurso “moderado” como una afirmación ideológica deseable.

JR me dice: “Si bien las ideas, en sí mismas, carecen de protección legal, su expresión formal goza y debe gozar de todos los privilegios de la protección.” En efecto, la expresión formal de una idea goza hoy de “protección” (a.k.a. monopolio de explotación) legal. Eso es una afirmación fáctica. Lo que no es una afirmación fáctica es que esa expresión formal “debe gozar de todos los privilegios de la protección”. Muy por el contrario, lo que hace JR aquí es dar su opinión. Una opinión con la que yo no estoy de acuerdo en absoluto, por la sencilla razón de que, en mi trabajo, he comprobado que una legislación así no beneficia ni un poquito a los creadores ni (por sobre todas las cosas) a la sociedad en su conjunto, sino únicamente a los parásitos de la propiedad intelectual.

Sólo un hecho: la transferencia de riqueza hacia sectores de ingresos bajos y medios que ha traído la liberación de la cultura a través de la mal llamada “piratería”, es de una magnitud tal que maravillaría a cualquier socialista de las viejas épocas.

Otro hecho: hay áreas enteras de producción económica, como la del desarrollo web, que se manejan casi exclusivamente bajo el régimen de lo que JR llama “comunismo cultural”. Y no les va precisamente mal.

Siguiendo con lo de comunismo cultural, no se entiende bien si lo que le molesta a JR es la idea misma de lo que él denomina comunismo, o si, por el contrario, le molesta que este comunismo sólo sea algo supuesto, no real. En el primer caso, allá él. En el segundo caso, creo que JR debería dejar de ver los intereses de los consumidores de cultura como antagónicos a los de los creadores. De hecho, cada vez más, consumidores y creadores son los mismos. Y aunque no lo fueran, ambas partes tienen los mismos intereses: que haya creaciones y que lleguen a la mayor cantidad de gente posible. Por supuesto que hacen falta recursos para algo así, y es por esto que, cada vez más, se utiliza la financiación colectiva como sustento para la creación. También es por esto que, cada vez más, se eliminan los intermediarios superfluos y, cada vez más, los creadores se comunican directamente con su público.

Vamos, que es perfectamente posible el comunismo cultural. Para esto, por supuesto, debemos contar con artistas no alienados, que comprendan cuáles son sus verdaderos intereses y que no acepten pasivamente el discurso que imponen los lobbies de los parásitos del copyright.

Artistas que, en lugar de temerle a su público, entiendan que la creación es necesariamente un hecho social. Artistas que, en lugar de tragarse el sueño imposible que les vendieron de la fama y la riqueza, se atengan a lo que de verdad quieren crear y pongan en marcha los mecanismos para hacerlo.

Mecanismos hay, recursos hay, y la cultura va a estar más viva que nunca si, como ciudadanos, aprendemos a usarlos. Y, sobre todo, si nos animamos a hacerlo.

Cómo ser Silvio Rodríguez y no morir en el intento

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No pude dejar de sentir cierta incomodidad el miércoles pasado en el recital de Silvio Rodríguez en Montevideo. No es que me molesten las multitudes, ni que Silvio le haya pifiado a las notas.

La cuestión tiene que ver con algo si se quiere extramusical, pero que de todas maneras afecta la forma en que me dispuse a escucharlo.

Los que vamos a ver a Silvio, inevitablemente sabemos que Silvio es algo más que su música. Sabemos que Silvio representa algo muy concreto, que la figura de Silvio pertenece a un movimiento, a un imaginario, a una colección de significados, que podríamos llamar la canción latinoamericana, o, de manera más amplia, la cultura progre latinoamericana. No sólo eso. Silvio es, de hecho, para el imaginario colectivo de cualquier argentino o uruguayo, uno de los ejemplares más recalcitrantes de la cultura progre latinoamericana.

Los que vamos a verlo, estamos condenados a tener en cuenta lo que representa Silvio dentro de ese movimiento. Un movimiento que tuvo sentido en un momento determinado, pero que, cuanto más tiempo pasa, más caricatura de sí mismo se vuelve. Un movimiento que en el mejor de los casos no hace más que recordar a gente como Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui o Alfredo Zitarrosa, y que, en el peor, nos trae los graciosos ejemplos de Eduardo Galeano o de León Gieco y Víctor Heredia, quienes, como marionetas de sí mismos, pueblan todas las acciones a beneficio que a uno pueda imaginar, justas o injustas, estúpidas o serias, da igual.

Hay algo chistoso en esa imagen de hombre de la cultura latinoamericano, que inevitablemente viene a la cabeza, también, cada vez que se menciona a Silvio. De hecho, es innegable que el mismo Silvio se encarga de reforzar esa idea, citando todo el tiempo a aquellos nombres y pidiendo, en cuanto recital aparece, por los cubanos presos y la mar en coche.

A lo que voy es a que la gente que asiste a sus recitales es, en mayor o menor medida, consciente de esta situación. Y es así como el miércoles, en el estadio Charrúa, cada momento de silencio derivaba en agudos gritos pidiendo “Te doy una canción”, “El necio” o “La maza”. Lo curioso no eran los pedidos en sí, al fin y al cabo los pedidos de hits son esperables en cualquier recital. Lo curioso, digo, era que estos pedidos tenían un cierto matiz irónico, casi como si quienes los entonaban estuvieran haciendo un chiste, más que pedir una canción.

Peor todavía, cada vez que Silvio comenzaba a tocar alguna de estas canciones famosas, se producía una especie de festejo en broma, que no correspondía ni al tono de la canción ni a nada. De alguna manera, todos los que estábamos ahí no podíamos dejar de sonreír ni de sentir, al mismo tiempo, cierta vergüenza de estar en medio de una situación así.

Aclaremos: no era vergüenza ajena. Imposible sentir vergüenza ajena de un tipo que, si lo dejás 30 segundos con la guitarra, te demuestra que está diez escalones por encima de cualquiera. Lo que daba vergüenza era la situación misma. La situación de pedirle canciones que son íconos polvorientos de la canción progre, y de saber que tanto él como nosotros lo sabíamos y que tanto a él como a nosotros eso nos causaba cierta gracia, y, al mismo tiempo, cierta impotencia. De hecho, lo que yo más temía era que fuera el mismísimo Silvio quien estuviera sintiendo vergüenza, el que se preguntara para qué carajo había venido a tocar si después de todo, hiciera lo que hiciese, por más virtuosismo que desplegara y más canciones nuevas e impresionantes que presentara, todo al final iba a ser entendido como una nueva puesta en escena del gran ícono de la canción latinoamericana.

No sé si hace falta decir por qué admiro a Silvio. En cualquier caso, si lo hago, no es ciertamente por su lugar de ícono decadente o de prohombre gastado, sino porque el hombre este es probablemente el compositor más dotado de América Latina. Un tipo capaz de hacer uno de los discos más maravillosos de la historia de la música popular en castellano tan solo con una guitarra. Un tipo que logra las armonías más asombrosas y a quien le atribuyo el mérito de crear el megahit musicalmente más complejo que conozco. Un tipo que entendió que una canción no es la mera suma de letra más música. Un tipo que logró que al género canción se le dé el reconocimiento como verdadero arte. Un tipo que, musicalmente, se la jugó siempre por lo más difícil y que fue capaz de experimentar en todo momento, tanto hace 30 años como ahora. Un tipo que no volvió a hacer las mismas melodías una y mil veces. Un tipo que, cuando no tenga nada más que decir, estoy seguro de que va a dejar la guitarra y se va a dedicar a otra cosa. Un tipo que no solamente hizo esto, sino que además siempre reflexionó rabiosamente sobre todo esto. Un tipo que, incluso si lo pensamos desde lo político, ha sido de una honestidad y una fiereza inmensas. No porque haya hecho o siga haciendo, como tantos otros, recitales a beneficio. No. Honesto y valiente porque es uno de los pocos tipos capaces de pensar a su país más allá de la estupidez. Doble mérito si la lucidez viene de un cubano. Doble mérito porque no es fácil pensar la realidad cuando se la vive desde adentro. No es fácil defender la Revolución con uñas y dientes, sin ser un chupamedias del poder. No es fácil plantarse a discutir qué tipo de socialismo uno quiere, sin por eso poner en duda jamás la idea básica, la idea movilizadora de la Revolución.

Por eso, sé que cada vez que a Silvio le piden El Unicornio, él no se debe sentir del todo cómodo. En el mejor de los casos, si ya se acostumbró a momentos así y es capaz de tolerarlos sin que le venga alergia, estoy seguro de que, aun así, se hace cargo de que la imagen que se creó alrededor de él no es la mejor, se hace cargo de haber quedado encasillado como prócer de la canción latinoamericana, y de que algo así es de las cosas más tristes que han podido pasarle. ¿Por qué? Porque le resta poder a su discurso. Le resta poder a su música y a su acción política.

Es seguro que Silvio reflexionó sobre este asunto miles de veces. Es seguro, también, que luego de reflexionar, llegó a la conclusión de que debía bancarse ese lugar y seguir adelante. Después de todo, no parece haber otra opción, otro camino honesto para elegir. No hay otra manera de seguir adelante, a pesar de que el arte se debilite y que el discurso pierda trascendencia. El lugar que le tocó es ese, y por menos que pueda aportar, es algo. Peor es morir.

De más está decir que, si bien el guitarrista y la flautista con quienes tocó eran bárbaramente virtuosos, lo más impactante del recital fue cuando el tipo agarró la guitarra y se largó él solo. Fue este y sólo este el momento en que uno lograba olvidarse de quién era Silvio, de qué representa, de la grasa que destila su imagen de cantante latinoamericano, y simplemente disfrutábamos todos con la potencia de fuego de su música. Aunque por supuesto, era simplemente que terminara la canción para que volviera el grito de “grande Silvio”, “Viva Cuba”, “Tocá El Unicornio”, y entonces todo se volvía a arruinar.

La experiencia del recital de Silvio, en definitiva, fueron 3 horas en las que uno no terminaba de sentir vergüenza cuando comenzaba a admirarlo, y no terminaba de disfrutar cuando volvía de golpe la vergüenza.

Para los que no estén dispuestos a tolerar una experiencia así, la recomendación es que, de aquí en adelante, se abstengan de asistir a los recitales de Silvio y de leer las entrevistas a Silvio en la prensa, y que simplemente preparen una buena copita, consigan una penumbra adecuada y dejen girar sus discos, sus tremendos discos, sus inquebrables discos.

Taxista, se nace

Iba a ponerme a escribir sobre los últimos estudios neuropsicológicos que indagan en el cerebro de los taxistas, pero me ganaron de mano. En el siguiente artículo, descubrirán qué zonas del cerebro tienen más desarrolladas los taxistas, en qué medida el área de la rapidez de reflejos se relaciona con el epitelio del conservadurismo político, y qué ventaja evolutiva les brinda todo esto frente al común de los mortales.

El sexo del cerebro o el cerebro del sexo

Al artículo en cuestión, sólo quisiera agregar que buena parte del problema que tenemos con la divulgación científica se debe a los modelos de negocio de diarios y revistas. Con las ventas en papel cada vez más reducidas, se juegan todas sus fichas al amarillismo. En este contexto, las únicas noticias “científicas” que caben son aquellas que alimentan el chusmerío (aquí entran, por ejemplo, las notas sexistas) o que “develan secretos ocultos”.

Arrepentidos

El arrepentido

De todos los tipos humanos, el del arrepentido es, con toda probabilidad, uno de los más peligrosos.

¿Qué es un arrepentido? Fácil. Es alguien que luchó por una causa, que defendió unas ideas, que defendió un estilo de vida, y a quien las circunstancias de la realidad o de la vida lo llevaron, tras un proceso paulatino o, más comúnmente, mediante alguna clase de revelación o insight súbito, no sólo a renunciar sino también a renegar de todo aquello que era central en su vida anterior.

Ejemplos de arrepentidos hay en todas partes y son, por naturaleza, más visibles que otras personas, dado que el arrepentido suele gritar a viva voz su arrepentimiento.

Del amplio menú de arrepentidos que pululan por las calles, hay uno que es bien conocido. Se trata del chorro arrepentido. El chorro arrepentido es aquel chorro que, tras un traumático paso por la cárcel, o tal vez luego de haber perdido a un pariente cercano, entra en razones (por lo general con ayuda del pastor evangélico del penal) y se da cuenta de la execrable vida que llevaba. De allí en adelante, el chorro arrepentido hablará amargamente acerca de su pasado. Considerará que su proceso de transformación es de notable valor humano. Y sobre todo, se convertirá en un defensor a ultranza del orden, de la vía recta y de los valores cristianos. Estará convencido de que el mundo anda de mal en peor, de que la mano dura debe aplicarse desde la más temprana infancia y de que los únicos caminos para evitar el apocalipsis moral de la sociedad se hallan en el endurecimiento de las penas legales y en el amor a dios.

Otra subclase de arrepentido, extremadamente común, es la del amante infiel arrepentido. Esta especie, comúnmente transmutada luego de vivir él mismo, en carne propia, la infidelidad de su gran amor, se caracteriza por denigrar las relaciones casuales y por hablar mal de la liberalidad sexual de sus prójimos, incluso la de quienes eligen voluntariamente y de común acuerdo una vida así. El amante infiel arrepentido afirma haber “sentado cabeza”, y juzga a quienes no lo hacen de poco maduros o, alternativamente, de lacras sociales. Además, muestra un nuevo y profundo fervor por la institución matrimonial, y es de la opinión que la monogamia heterosexual es un bastión necesario para el correcto funcionamiento de nuestra sociedad.

Qué decir del drogón arrepentido. Todo un caso. Como el chorro, como el infiel, el drogón arrepentido es otro ejemplo típico de nuestra fauna humana, que la emprende contra aquel oscuro objeto de placer que finalmente le ha hecho tanto daño a su vida. El drogón arrepentido, que en sus fervorosos testimonios de días enteros de delirium tremens, visiones espeluznantes y luchas mano a mano con la muerte, no duda en llevarse por delante los derechos civiles de las personas que, a diferencia de él, llevan adelante sin dificultades el consumo de sustancias psicoactivas. “¡Prohibición!” es el lema del drogón arrepentido. “¡Prohibición!” es el grito que levanta y que defiende, con la autoridad moral que le da el “haber vuelto del infierno”.

Y hete aquí, en este último punto, el argumento más poderoso del arrepentido. El implacable “yo ya lo viví”. El “vengo de ahí y sé lo que te digo”, que tan irrefutable le resulta y que lo enceguece, impidiéndole ver más allá de su ombligo, dejándolo incapaz de discernir entre su triste experiencia y la experiencia de los otros. Porque el arrepentido, sobre todas las cosas, es alguien que no sabe que él no es el mundo. Es, como diría Freud (ya ven, apelo al psicoanálisis cuando se me canta), una formación reactiva andante. Alguien a quien la realidad afectó tanto, que hoy es incapaz de toda reflexión. Alguien temeroso. Temeroso de su propio deseo, que sigue ahí esperándolo como un perro rabioso, y temeroso de los demás, que le recuerdan día a día, en cada momento, este amargo y delicioso deseo.

Por último, una breve mención a quien es, sin lugar a dudas, uno de los arrepentidos más folklóricos y virulentos. Hablo del comunista arrepentido. El comunista arrepentido, que en su juventud defendió la revolución bolchevique y la cubana, que pintó paredes, insultó a los militares, habló de expropiaciones y de reformas agrarias, y que hoy, por el contrario, se refugia en el discurso filo-republicano, seudo-liberal, para desvalorizar o, incluso, oponerse, a los avances populars en materia económica y social. El comunista arrepentido, ese que un día fundó una cooperativa y, al primer contratiempo, comprobó la naturaleza holgazana y maligna de los seres humanos. El comunista arrepentido, que, con dudosa honestidad intelectual, equipara el desastre de las dictaduras pro-soviéticas del siglo XX con el fracaso de la idea misma de socialismo. El comunista arrepentido, que, inconfesablemente resentido por no haber podido hacer la revolución él mismo, inconfesablemente resentido por formar parte de una generación fracasada, una generación cuyos hombres y mujeres valiosos han sido muertos, y de la que el comunista arrepentido no es más que un residuo devaluado, alguien que, en todo caso, no luchó tanto como otros, alguien que, tal vez, no estuvo a la altura moral a la que debió haber estado, hoy, sin embargo, y quizás justamente por ese resentimiento, es el defensor más convencido y enérgico del sistema social injusto en el que vivimos.