Deconstruyendo a Nacho

Hace unos días, Ignacio “Nacho” Martínez, escritor, editor, presidente del departamento de cultura del PIT-CNT, publicó en la revista Voces una invectiva que se titula “Ataques contra los autores“. Nacho, para quienes no lo conocen, es parte de una camada de antiguos artistas progres que con el paso de las décadas sucumbieron a las contradicciones ideológicas más flagrantes y hoy son los principales lobistas de la propiedad intelectual.

Diremos, para resumir, que el artículo es un panfleto contra Creative Commons, la cultura libre y la “piratería infame”. Para entender mejor el contenido y el tono rabioso de la nota de Nacho, hace falta tener en cuenta que, desde hace unos 15 o 20 años, con la masificación de Internet, él y sus compañeros de era decidieron encarar el asunto de las nuevas forma de acceso a la cultura como un ataque directo a su casta. Ignorantes de las implicancias de las tecnologías digitales, emprendieron la estrategia del llanto, y encontraron que este llanto les resultaba coyunturalmente provechoso para aumentar la represión contra cualquier forma de producción cultural que saliera de su control y contra cualquier vía de acceso que no pasara por su supervisión.

La nota en Voces es una de las muestras más descarnadas de las contradicciones de Nacho. Arranca así:

Creative Commons (CC) emitió un Comunicado el 20.9.2017 atacando el posible tratado sobre Derecho de Autor entre la Unión Europea y el Mercosur porque apuntan a (…) extender el plazo del derecho de autor.

El comunicado de CC al que Nacho hace referencia es en realidad un análisis que está disponible en este enlace. Como se puede leer desde la primera línea, el análisis que hace CC no se refiere a ningún tratado de derechos de autor, sino al capítulo de propiedad intelectual del Tratado de Libre Comercio Mercosur – Unión Europea. Este TLC se viene negociando desde el año 2000 y fue históricamente rechazado por los movimientos sociales y sindicales. Es más, Nacho debería estar enterado de que el PIT-CNT, del que él forma parte, es un firme opositor de tratados de libre comercio como este. Estos tratados refuerzan el rol de los países menos desarrollados como productores de materias primas y consumidores de bienes elaborados. A través del endurecimiento de la propiedad intelectual, dificultan la apropiación y generación local de conocimiento y cultura, y hacen aumentar el pago de regalías por derechos de autor, patentes, marcas y denominaciones de origen a la industria multinacional. El documento de CC analiza y cuestiona un aspecto de esta injusticia, referido al endurecimiento del derecho de autor y su impacto sobre los derechos culturales. Y lo hace de manera muy clara, cuestionando un conjunto de puntos: la extensión del plazo de derecho de autor, la falta de excepciones obligatorias para proteger el interés público, las imposición de barreras al uso de licencias libres a través de remuneraciones obligatorias a los titulares de derechos, la criminalización de la elusión de medidas tecnológicas de restricción aún en los casos en los que esa elusión es justificada, la introducción de órdenes judiciales preventivas contra infracciones “inminentes”, y la falta de transparencia de las negociaciones del tratado. Pese a todo esto, o, más precisamente, debido a todo esto, Nacho elige pararse a favor del TLC.

Nacho dice:

Uruguay debe aumentar la protección de los Derechos a 70 años después del fallecimiento del autor, unificándolo con todo el Mercosur y con Europa, y no 50 años como es ahora.

CC afirma que aumentar esa protección dañará (…) a los usuarios. ¿En qué puede dañar al público proteger a los autores y sus obras que son la esencia de la cultura de un país?

La respuesta es bastante sencilla, y el análisis de CC lo explica. Si se aumenta 20 años el plazo de derecho de autor, como el TLC busca establecer, miles de obras de más de 500 autores de Uruguay, y de innumerables autores de otros países, fallecidos a mediados del siglo XX, pasarían a estar nuevamente bajo dominio privado en nuestro país. Esto quiere decir que las obras no se podrán digitalizar ni poner a disposición de la ciudadanía para el acceso libre. Tampoco se podrán adaptar, traducir ni redistribuir sin restricciones. Es más, miles de obras ya disponibles en Internet tendrán que ser borradas de manera masiva, lo que se asemeja más a la quema de libros que a la protección de los autores. Pero además, cabe preguntarse de qué manera extender el plazo de derecho de autor de 50 a 70 años postmortem puede proteger a autores que, digámoslo otra vez y de manera más clara, ya están muertos. Por otra parte, en cuanto al deseo de unificar el plazo con “todo” el Mercosur, lamento que Nacho tenga una visión restringida del bloque regional, considerando como socios únicamente a Argentina, Brasil y Paraguay. Bolivia, estado parte del Mercosur en fase de adhesión, comparte el plazo de 50 años con Uruguay, mientras que Venezuela, estado parte temporalmente suspendido por iniciativa de los gobiernos de derecha de Argentina y Brasil, tiene un plazo de 60 años.

Más adelante, Nacho cuestiona la afirmación de CC sobre que el TLC “limitará la capacidad de los estados del Mercosur de construir políticas públicas apropiadas para el ejercicio pleno de derechos fundamentales, tales como el derecho a la cultura y a la educación”. La limitación a las políticas públicas es el objetivo explícito del TLC, cuyo fin es imponer obligaciones regulatorias, limitando la capacidad de los estados de establecer políticas soberanas. Qué tanto esta limitación afectará los derechos culturales en nuestros países puede inferirse de la vehemencia con que los países europeos más ricos buscan imponer estas restricciones para ampliar el monopolio de sus industrias, y de la histórica resistencia de los países del Mercosur a los capítulos de propiedad intelectual de los TLC. Nacho parece conforme con este modelo neocolonial, y confía ingenuamente en que beneficie a los autores de Uruguay.

Los párrafos siguientes son enigmáticos:

CC afirma que mientras que las demandas de los titulares de derechos son completamente atendidas, hay muy poca consideración por los derechos del público.

¿Completamente atendidas con reproducciones ilícitas, con fotocopias, con el monopolio infame de las grandes empresas mundiales de las comunicaciones que amasan fortunas a costa de los creadores?

La afirmación de CC se refiere, obviamente, al TLC Mercosur – Unión Europea. Es en el borrador del TLC donde las demandas de los titulares son atendidas y los derechos del público no. Pero Nacho, en un giro que siembra dudas sobre su capacidad de exégesis textual, no rebate el argumento basándose en el texto del TLC, sino que se queja, de manera genérica, de las reproducciones ilícitas, de las fotocopias y de los monopolios de Internet. Cambiar de tema y apelar al tremendismo es una estrategia habitual en él y otros lobistas de la propiedad intelectual, pero hacerlo de manera tan burda verdaderamente hace dudar de su capacidad de análisis.

Luego se exalta:

¡Por favor! El sagrado derecho del público a estudiar y a acceder a todos los bienes culturales no es, no debe ser, limitando el derecho de los autores a las justas compensaciones por sus obras que tanto aportan a la cultura del país.

La apelación no sabemos a qué viene, dado que nadie propuso matar de hambre a los autores. Pero además pasa por alto que los titulares de los derechos de propiedad intelectual no son, en la enorme mayoría de los casos, los autores, sino las empresas editoriales, las discográficas y las distribuidoras audiovisuales. Si gente como Nacho pusiera un poco más de interés en mejorar los derechos laborales de los autores o en regular los contratos de edición, en lugar de en la propiedad intelectual, quizás haría un favor más grande a los escritores como él. ¿O será, acaso, que, al ser también editor, a veces sin darse cuenta se para de este lado? Nacho debería saber que los intereses de autores y editores suelen ser opuestos. Le recomendamos, entonces, que defina de qué lado quiere estar.

CC expresa como problema que se requeriría la remuneración obligatoria para los intérpretes y productores de obras musicales. ¿Acaso esto es malo? ¿No es un derecho fundamental recibir remuneración por todo tipo de trabajo?

Exactamente, Nacho. Los intérpretes y productores deberían recibir ingresos por su trabajo. Pero la remuneración obligatoria por la comunicación pública de una obra no es un ingreso por un trabajo sino una renta por la propiedad de un bien inmaterial. Trabajo no es lo mismo que renta. Lo que propone CC es que al menos esa remuneración no sea obligatoria, para que los trabajadores culturales que desarrollan formas de producción cultural basadas en los bienes comunes culturales y en las licencias libres puedan ejercer sus derechos en igualdad de condiciones. Nada más que eso. Es muy poquito.

Un párrafo más adelante Nacho ya parece perdido, dado que mezcla caóticamente los argumentos de CC contra la remuneración obligatoria y contra el aumento de plazos:

CC dice que aumentar los años de protección atentaría contra los mismos creadores si la intención del autor es compartir su obra creativa con el mundo de manera gratuita.

Error. Los autores tenemos la plena potestad de decidir qué hacemos con nuestras obras y con nuestros ingresos.

No hay caso: estas dos oraciones no tienen sentido. Lo que dice CC es que la remuneración obligatoria (no el aumento del plazo de derecho de autor) interfiere con el licenciamiento que eligen muchos autores e intérpretes. Y, justamente, al ser una disposición obligatoria, no le deja a los autores la potestad de decidir nada.

El párrafo siguiente lo dedica a ensalzar la generosidad de los autores, contando ejemplos que muestran que “los autores de todas las artes ofrecemos nuestras obras de manera absolutamente gratuita”. Hasta acá no hay nada que objetar, si no fuera porque en seguida nos damos cuenta de que este párrafo funciona solo como palanca para fortalecer el siguiente, que es el núcleo central de todo el texto y, a la vez, el punto más alto de una prosa lírica inigualable:

La piratería infame es lo que hace daño. Querer legalizar el manejo de las obras por parte de terceros, por encima de los derechos de los autores, es enterrar la creación y por ende deteriorar la cultura de un país. La mejor forma de alentar la cultura es proteger y corresponder a todos los creadores. Las políticas culturales y educativas no deben ir jamás en contra de los derechos autorales. Creative Commons está muy lejos de eso con sus conceptos. Ellos son intermediarios, mercaderes del templo imperial cuya sede central se encuentra en Mountain View, en el estado de California, Estados Unidos. La cultura libre que profesan es la menos libre de las culturas.

Gracias, Nacho, por todo lo que nos das. Lo hiciste de nuevo. Somos los mercaderes del templo imperial, queremos enterrar la creación, profesamos la menos libre de todas las culturas. Seguí diciéndolo, no te detengas, no cejes en tu heroico esfuerzo, porque cuanto más lo repitas, cuanto más lo grites a viva voz, más ridículo quedás ante los ojos de una generación que está cambiando la forma de producir y acceder a la cultura, lo quieras o no. Una generación que está peleando para quitarte (pero no a vos en particular, no a vos por encono personal, sino a todos los que ocupan los lugares que vos ocupás y las posiciones ideológicas reaccionarias que vos defendés) los privilegios que hoy disfrutás. Seguí diciéndolo, vamos.

Seguí diciendo, como decís en el párrafo final, en el broche de oro de tu panfleto:

CC puede seguir ofreciendo sus diversas maneras de contratación (licencias Creative Commons). Nadie pondrá objeciones. Son una empresa privada que quiere sacar sus ganancias. Pero debe detener sus ataques continuos contra los derechos de los autores y sus obras porque así lesionan la cultura de nuestro país.

¿Hace falta aclararte, como ya lo hicimos, que las licencias Creative Commons son una herramienta libre, gratuita y autogestionada, promovida por miles de militantes voluntarios de todo el mundo? ¿Hace falta repetirte, de nuevo, que si estamos en contra de los TLC y a favor de una reforma integral del derecho de autor es porque luchamos por un sistema cultural más justo y más igualitario? ¿Hace falta explicarte, otra vez, que nuestra construcción es junto a los movimientos sociales, porque somos un movimiento social más?

Pero dale, seguí negando que somos un movimiento social, seguí mintiendo con que somos una empresa, seguí apoyando los tratados de libre comercio que buscan explotarnos, seguí gritando que odiamos a los autores a pesar de que somos los mismos autores los que promovemos la cultura libre, seguí diciendo que queremos menoscabar, herir, fusilar y enterrar a la cultura. Nadie te va a frenar, porque sabemos que el presente y el futuro de la cultura son nuestros, que finalmente los de tu clase van a perder los privilegios y, cuando así sea, el sistema de la cultura va a ser un poco más justo.

Derrotero

Hace poco, después de haber leído los ensayos, las novelas, los diarios y todo lo que escribió Piglia, me vino la necesidad de encarar la lectura de algunos de los clásicos de la literatura argentina. Es que si hay algo en lo que Piglia sobresale es en crear una especie de mitología de los clásicos (la tradición, como la llama él) y en generar las condiciones para que el lector tenga que leer sí o sí algunos libros.

Empecé entonces por Una excursión a los indios ranqueles de Mansilla, que es una mezcla rara entre las aventuras verídicas de un Don Quijote que cabalga por la pampa (el propio Mansilla), un estudio antropológico del siglo XIX sobre los pueblos ranqueles, y un alegato político en favor de la incorporación de los indios al estado argentino como mano de obra en lugar de su exterminio.

Después me le animé al Facundo, ese libro descomunal en el que cada exabrupto, cada furcio, cada delirio de Sarmiento funcionan como si fueran deliberados. Lo que en cualquier otro escritor es una falla, una exageración o una estupidez, en Sarmiento es un gesto de grandeza y de pasión. Una muestra:

“¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡me prosterno y humillo ante tu poderosa inteligencia! ¡Sois grande como el Plata, como los Andes! ¡Sólo tú has comprendido cuán despreciable es la especie humana, sus libertades, su ciencia y su orgullo! ¡Pisoteadla!; ¡que todos los gobiernos del mundo civilizado te acatarán, a medida que seas más insolente! ¡Pisoteadla!; ¡que no te faltarán perros fieles que, recogiendo el mendrugo que les tiras, vayan a derramar su sangre en los campos de batalla o a ostentar en el pecho vuestra marca colorada por todas las capitales americanas! ¡Pisoteadla!, ¡oh!, ¡sí: pisoteadla!…”

Del Facundo pasé a Adán Buenosayres de Marechal. Como única referencia tenía una frase de Piglia que decía que era la novela más ambiciosa del siglo XX. Y tenía razón: es una novela bien del siglo XX, con todo el humor berreta y el vanguardismo ingenuo que hace rato me cansé de leer. Pero lo rescatable es la descripción del Buenos Aires de 1920, que con un millón de habitantes resultaba un lugar caótico e incomprensible, y en cuyos bordes el barrio de Saavedra marcaba el límite con el mundo anterior, precapitalista.

Quise leer a algún rosista y recurrí a De Angelis, pero los libros que encontré fueron recopilaciones de diarios de viajes de la época colonial: Colección de viages y expediciónes à los campos de Buenos Aires y a las costas de Patagonia y Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares. La ciudad de los Césares era una especie de El Dorado de la Patagonia. Durante siglos se hicieron especulaciones, relatos y pedidos de financiamiento al virrey para descubrirla. Los Césares se pensaba que eran los descendientes de antiguos españoles que se habían perdido en un naufragio durante los primeros viajes de la conquista, y que, después de varias generaciones, habían fundado su propio imperio.

También leí una reseña de De Angelis sobre el Dogma socialista de Alberdi. Como se puede apreciar desde el título, “Juicio de este libelo”, es un texto despiadado que dice mucho más sobre el rosismo que cualquiera de las tantas invectivas de los unitarios. Esto es lo más curioso: cuando leí a Sarmiento me quedó una idea buena de los federales. Recién cuando leí la pluma de guerra de De Angelis, la pluma grande, salvaje y profundamente conservadora de De Angelis, tuve una idea un poco más genuina de aquello que los unitarios combatían.

Después de De Angelis busqué con desenfreno cualquier cosa que me diera más detalles de la política, la vida y el paisaje del Río de la Plata antes del siglo XX. Justo en ese momento se murió Rivera y entonces conseguí La revolución es un sueño eterno y El farmer, dos novelas cortas ambientadas en el XIX, la primera sobre el Castelli de la revolución y la segunda sobre el Rosas del exilio. En la de Castelli, que es la mejor, el tono poético de Rivera alcanza el punto más alto; creo que para escribir algo bueno sobre Rosas después del Facundo va a haber que esperar otros 200 años.

La tierra purpúrea la recomendaron Borges, Piglia y también Alejandro Gortázar. La leí en inglés porque increíblemente todavía no hay una traducción al castellano en epub. Me gustó leerla en inglés. Lo emocionante fue encontrar un Uruguay de sangre, fuego y revoluciones, contado por Hudson en clave de aventuras en una tierra exótica. La guerra civil es una excusa para la literatura.

Quedé prendido a Hudson y seguí con Allá lejos y hace tiempo, un canto a la vida pastoril en la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XIX. Dicen que Hudson tiene otro libro que trata sobre un futuro utópico donde la civilización vuelve a las viejas costumbres rurales y la única tecnología avanzada es un aparato para escuchar música.

Siguiendo con los ingleses, y por recomendación de Hudson, empecé ahora el diario del viaje del Beagle, de Darwin, que recorre durante 5 años y más de 700 páginas la costa de América del Sur, desde Brasil a Tierra del Fuego, pasando por Uruguay y Buenos Aires, y pegando la vuelta por Chile y Perú.

Si bien empecé esta serie de lecturas con el interés puesto en los clásicos, de a poco el eje fue pasando a otra cuestión sobre la que hace tiempo vengo dando vueltas: la cuestión de los viajes y la aventura. Los textos viejos cuentan formas de existencia imposibles, y son por eso una rama de la literatura fantástica. Generan todavía más extrañeza cuando hablan del lugar donde vivimos, porque podemos reconocer cada desvío.

Todos los libros que no enlacé se pueden conseguir en epublibre. Me gustaría recibir recomendaciones de clásicos de Uruguay para leer después de los diarios de Darwin.

Mails antiguos

Ya van varias veces que siento vergüenza retrospectiva al revisar mails que mandé hace unos diez o quince años. En esos mails, que a veces iban a gente íntima pero a veces a gente de menos confianza y, con demasiada frecuencia, a cadenas indiscriminadas de veinte o treinta contactos, hablaba de vacaciones o mudanzas o desgracias amorosas con la afectación de quien se reivindica como poeta sin tener la habilidad ni la intuición de un poeta. Apilaba adjetivos y adverbios tristes, tiempos verbales en desuso y juegos de palabras obvios, en mensajes llenos de unas ganas bárbaras de ser reconocido pero flojos a la hora de decir lo que quería decir.

El mismo problema de los mails lo tenía con los cuentos y poesías que escribía en esa época, y también con las novelas auto o semiautobiográficas que empezaba casi todos los días.

La frecuencia y la intensidad con la que mis amigos y conocidos me consideraron un estúpido no la conozco, pero queda constancia de que esa percepción existió en varios mails donde mis interlocutores me preguntaban si estaba naciendo todo un poeta o si había fumado algo.

La solución, creo, llegó, tarde, cuando empecé este blog. Primero que nada, con este blog me liberé del mandato anterior de escribir Literatura con mayúscula. No por nada el primer nombre del blog fue “Papelitos”: tenía la necesidad de escribir cosas chicas, ideas sueltas, más en la forma de un diario o de un cuaderno de notas que en la de cualquier producto seriamente literario. Así, el tono afectado disminuyó, la obsesión de empezar una novela por día se fue aplacando y, ya sin tanta presión, pude despejar la imaginación y la prosa.

Creo que la manera en que una persona puede quedarse tranquila de que diez años después no va a sentir vergüenza de lo que acaba de escribir es asegurándose de que está usando el lenguaje para comunicar y no para mostrarse.

En mi caso, de los seis hasta los doce o trece años tengo cuentos y cartas irreprochables. A los catorce o quince empieza una pendiente de egolatría que llega hasta los veintiséis o veintisiete. Después, paulatinamente y no sin recaídas, la situación mejoró. Y hoy creo que de nuevo puedo estar tranquilo de que lo que escribo no me va a dar vergüenza dentro de unos años. Lo que tengo para decir lo digo, sin manierismos, y lo trivial me lo callo.

Probablemente lo más rescatable de mi “época oscura” sea la tesina de grado, en la que, si bien el tema (Horacio Quiroga) y el método (psicoanalítico) apuntaban a lo patético, las ganas de sacarme una buena nota me forzaron a ser preciso. El resultado fue una fábula freudiana sencilla y hasta obvia sobre la literatura como vehículo y al mismo tiempo puente de salvación de una personalidad (la de Horacio Quiroga) trastornada por traumas infantiles.

Este blog nunca tuvo un tema ni un tono estable. Muchas veces vi eso como una falla, pero es también lo que permitió que dure ya casi ocho años y pueda durar tranquilamente toda la vida. Como no hay nada que lo cierre, puede ir a cualquier lado. Hay, sí, un eje, que es la pregunta que me hice para arrancar a escribir y que no se puede responder. Qué quiere decir esa pregunta es algo que va cambiando. Seguramente al principio el sentido estuvo dado por la necesidad que ya comenté de liberarme del mandato de la Literatura. Al mismo tiempo, tiene mucho de psicoanálisis: es el psicoanálisis el que dice que lo que aparenta ser lo más banal, lo más superficial, es en realidad lo más importante. Y también la pregunta se puede volver a plantear a medida que las lecturas cambian y a medida que me involucro en la militancia política. En cualquier situación complicada puedo pararme y decir: ojo, que estás prestando atención a un lugar equivocado y la verdad pasa por otro lado.

Y puedo pasar mucho tiempo sin publicar pero el blog no deja de estar a mano cuando aparece una idea.

Siempre tengo la fantasía de que llega un momento en que recopilo los mejores posts y los publico en un volumen aparte. Pero siempre me repongo de esa fantasía, le gano, y admito que el blog es pequeño, autosuficiente, y que su función y su forma es cambiante, inacabada, el reverso de un libro por el respeto que reclama y por el modo en que se lo lee.

Apuntes sobre la articulación entre el feminismo y la cultura libre

En Uruguay, las mujeres autoras reconocidas en fuentes bibliográficas y registros oficiales representan alrededor del 20% del total de autores nacionales de todas las épocas. Por otra parte, la presencia de mujeres en los directorios de las sociedades de gestión colectiva de derechos de autor es irrisoria, así como la participación en los órganos de decisión de las principales empresas y cámaras discográficas, editoriales y audiovisuales.

En contraste, las encuestas de consumos culturales muestran que las mujeres consumen tanta cultura como los hombres, y en algunas áreas, como en la lectura y en la asistencia a bibliotecas, los superan marcadamente.

Además, las mujeres representan la mayoría (el 64%) del estudiantado universitario, una población especialmente volcada al consumo de conocimiento. El acceso a los materiales de estudio es uno de los principales desafíos de la población estudiantil, dado el alto costo de los textos y la consecuente necesidad de acceder a través de medios informales, como las fotocopias y el intercambio de archivos, infringiendo la ley de derecho de autor.

Como si fuera poco, el trabajo docente y el trabajo en las bibliotecas, donde predominan abrumadoramente las mujeres, son dos de las profesiones más afectadas por las restricciones establecidas en la ley de derecho de autor. Al crear y reutilizar materiales educativos, y al brindar acceso a obras culturales, estas mujeres infringen cotidianamente la ley.

En suma, en el sistema cultural actual los roles dedicados a la producción de conocimiento (científicos, académicos y artistas: en suma, los “autores”) son ocupados por hombres, mientras que los roles donde prevalece el consumo y la facilitación del acceso (estudiantes, maestras, profesoras, bibliotecarias: en suma, las “piratas”) son ejercidos por mujeres. Si bien esta realidad muestra en primer plano la necesidad de igualar las oportunidades para que las mujeres sean reconocidas en el rol de productoras de conocimiento, por debajo de este problema obvio hay otro un poco menos evidente pero igualmente preocupante. La ley de derecho de autor es una ley hecha por hombres, aplicada por hombres, para beneficiar a hombres. Por eso no es asombroso que, una vez cristalizada la diferencia entre los hombres como productores y empresarios del conocimiento y las mujeres como facilitadoras y consumidoras, toda la fuerza de la ley esté ocupada en favorecer los derechos de los primeros y en desvalorizar e incluso criminalizar las prácticas de las últimas.

Se entiende, por todo lo anterior, que en Uruguay los grupos de presión que buscan endurecer el derecho de autor estén formados casi exclusivamente por hombres blancos de 50 a 70 años con una cultura machista miserable, mientras que el activismo por la cultura libre tenga una presencia alta de mujeres y de gente joven.

Por supuesto, dentro del activismo por la cultura libre también se reproduce la desigualdad de género. Esta desigualdad está presente en las dinámicas internas de los colectivos (la disponibilidad de tiempo, los roles diferenciados) y se muestra de manera clara en la diferencia entre la alta proporción de militantes mujeres y la baja proporción de aquellas que son reconocidas como figuras destacadas del movimiento.

De todas maneras, mi hipótesis es que las reivindicaciones de la cultura libre se articulan de manera coherente y necesaria con los principios feministas, y que es deseable que esa articulación conceptual se siga concretando en alianzas políticas. Que no haya ni un solo militante de la cultura libre desconociendo o renegando del feminismo, y ni una sola mujer levantando las banderas de la propiedad intelectual. La lucha contra el patriarcado y la lucha contra una de sus instituciones más recalcitrantes, la propiedad intelectual, son la misma lucha.

Apuntes sobre la renta básica

En el capítulo 22 del primer tomo de El Capital, Marx se detiene en una de las tantas paradojas del sistema económico actual. La clase capitalista, por un lado, se esfuerza por reducir el salario de los obreros al mínimo posible, pero, por otro lado, necesita que efectivamente exista un salario, porque si este fuera de cero pesos, el obrero no se sometería voluntariamente a la explotación:

Si los obreros pudieran vivir del aire, tampoco se los podría comprar, cualquiera que fuere el precio. La gratuidad de los obreros, pues, es un límite en el sentido matemático, siempre inalcanzable, aunque siempre sea posible aproximársele. Es una tendencia constante del capital reducir a los obreros a ese nivel nihilista.

Más allá de la ironía del comentario final (una de las cosas más divertidas de Marx es su humor negro), esta observación bastante sencilla del rol del salario tiene, creo, una importancia gigantesca para la discusión actual sobre la renta básica.

Por cierto, no existe una definición única de renta básica. Y como el diablo está en los detalles, la renta básica puede ser, dependiendo de cómo se la entienda, una medida revolucionaria o una herramienta para profundizar la explotación de la clase trabajadora.

Entendida como un ingreso básico universal que cubre la totalidad de los medios de subsistencia de cada persona (alimentación, salud, vivienda, vestimenta y todos los bienes y servicios básicos que hacen a un nivel de vida digno), la renta básica es incompatible con la naturaleza del sistema capitalista, y, por lo tanto, es revolucionaria. Si las personas tuvieran los medios de subsistencia cubiertos, no tendrían la necesidad de dejarse explotar. No habría ningún incentivo para malvender la fuerza de trabajo ni para consentir que un capitalista, sin trabajar, se quedara con la mayor parte de la renta de nuestro propio esfuerzo. En suma, la renta básica dificultaría la explotación de la fuerza de trabajo, y pondría en riesgo el sistema entero.

Resultados muy distintos se pueden esperar de la renta básica entendida como un ingreso que no cubre la totalidad de los medios de subsistencia. Así, de hecho, es como la conciben los apologetas neoliberales, que propagandean el desmantelamiento de los servicios de salud y educación públicos y gratuitos, a cambio de una pequeña suma mensual de dinero para las personas más pobres, quienes pasarían a comprar esos servicios básicos en el mercado. Así, se privatizarían y mercantilizarían muchos servicios esenciales que hoy se prestan fuera de la lógica de mercado. Los capitalistas, por su parte, podrían bajar los salarios sin demasiada resistencia, dada la existencia de un efectivo compensatorio en los bolsillos de los trabajadores. Y estos últimos, por supuesto, serían los más perjudicados porque los servicios sociales que antes recibían de manera incondicional, ahora pasan a depender de su capacidad de pago.

No debemos confiar entonces en que la clase capitalista admita de buena gana una renta básica genuina ni cualquier otra alternativa que libere a los trabajadores de la necesidad de vender su fuerza de trabajo y dejarse explotar. Al mismo tiempo, tenemos que estar atentos para contrarrestar cualquier intento de avance neoliberal disfrazado de una renta básica de mentira. Y tenemos que seguir peleando para una revolución que si bien ya lleva varios siglos demorada, no por eso es menos urgente.

Algunas citas de Ricardo Piglia sobre escritura, circulación y propiedad

De Crítica y Ficción:

“(…) la contingencia del juicio histórico no tiene en cuenta el hecho de que las metáforas fundamentales, las historias básicas, los aciertos estilísticos, ya están dados. Ahí hay una suerte de platonismo que está construido con toda la gracia, la ironía y la maledicencia con la que Borges se maneja, y que viene a decir que en realidad la gran literatura en el fondo es anónima.”

“(…) la idea de que la literatura es de todos y de que hay grandes aciertos literarios en todos los escritores, incluso en los más mediocres (…)”

“Es decir que un escritor no inventa, está metido en la tradición y trabaja con lo que la tradición le da.”

De El último lector:

“Y el nombre propio es un acontecimiento porque el lector tiende a ser anónimo e invisible. Por de pronto, el nombre asociado a la lectura remite a la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído (el crítico sería, en este sentido, la figuración oficial de este tipo de lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante). Se trata de un tráfico paralelo al de las citas: una figura aparece nombrada, o mejor, es citada. Se hace ver una situación de lectura, con sus relaciones de propiedad y sus modos de apropiación.”

De Formas breves:

“Para Borges (como para Gombrowicz) este lugar incierto permite un uso específico de la herencia cultural: los mecanismos de falsificación, la tentación del robo, la traducción como plagio, la mezcla, la combinación de registros, el entrevero de filiaciones. Esa sería la tradición argentina.”

De La forma inicial:

“Desde luego han cambiado las condiciones de producción. Hay mayor difusión de lo que se escribe y se lee, el acceso es mucho más libre, hay una especie de anarquismo primitivo. Se puede difundir sin problema lo que se quiera. No hay casi mediación y eso es extraordinario.”

“Y para mí lo que está cambiando en relación con la literatura es justamente la noción de propiedad y de uso. La relación entre producción social y apropiación privada. Me parece que esa facilidad de bajar textos y copiarlos, de usar lo ya escrito, usando el copy and paste, está produciendo un cambio en las relaciones de propiedad en literatura. Como si todo lo que se ha escrito estuviera al mismo tiempo en la pantalla, a disposición del que escribe. Me parece que se ha reactualizado la cuestión de quién es el autor o de qué es ser un autor, la pregunta de Macedonio, ¿no? El cambio básico en la discusión estética a partir del acceso al mundo de Internet está en los modos de apropiación. Los modos de apropiación están en cuestión. O mejor, el desarrollo de los medios de producción está poniendo en cuestión a las relaciones de producción culturales. Ni siquiera hace falta tener una computadora, uno puede ir a un cibercafé y entrar en la red y bajar textos y escribir. Hay una ilusión de circulación sin Estado y sin ley, el anarquismo del que hablaba antes. Me parece lo mejor y lo más novedoso que tiene el mundo de las nuevas tecnologías. El capitalismo lo ha generado, pero no sabe muy bien cómo controlar el circuito. Casi no hay censura y es muy difícil controlar la propiedad. Ese es el contexto, me parece, de algunos debates que ha habido últimamente en la Argentina.”

“Hoy parece que se hubiera disuelto toda distancia entre reproducción y apropiación. Hay una ilusión de simultaneidad, un cruce continuo entre textos propios y ajenos. La técnica produce un movimiento de unificación, de escritura única, continua, no personal, casi mecánica, ligada al cut and copy and paste, y a la masa de textos que circulan; pone en juego la cuestión de qué quiere decir enunciar.”

“Pero ahora esa técnica se ha expandido de un modo increíble. Me parece que se abre una discusión —muy marxista— sobre las relaciones entre modos de producción y propiedad, entre arte y capitalismo. Hay una serie de cuestiones en juego acerca de cómo funciona la propiedad en la cultura. Ya sabemos que en el lenguaje no hay propiedad privada. Cualquiera puede usar el lenguaje pero no debe imaginar que las palabras son suyas o que nadie puede volver a usarlas después. Entonces, es en el paso a la propiedad donde se definen los usos privados del lenguaje. Uso las palabras que usan todos como si durante un momento fueran mías, pero después las dejo correr. Sin embargo, en la literatura se supone que se fijan, se asocian y se valorizan por quien las usa. Me parece que ahí sí podríamos decir que estos nuevos modos técnicos están produciendo un cambio.”

“Pero los editores y los escritores tenemos un conflicto objetivo (…) Yo digo siempre: el que firma un contrato está en una posición débil. Y nosotros nos pasamos la vida firmando contratos. Deleuze tiene una frase lindísima, dice: ‘el sádico crea instituciones y el masoquista hace contratos’. Y es verdad. El contrato siempre tiene algo masoquista, siempre te van a joder, porque vos tenés que firmar el contrato y el otro tiene todas las barajas de su lado. Por eso yo veo con mucha simpatía cómo los chicos se escapan de eso. En el sentido de que imaginan que Internet les va a permitir zafarse de esa relación.”

“Se está produciendo un fenómeno absolutamente extraordinario, no solo de acceso a la información sino de construcción de información por el lado de los particulares. Los periodistas están cada vez más en lo que yo creo que es, un poco, el sistema dominante, que es la política del escándalo.”

“Me parece que la aparición de la posibilidad de que los sujetos intervengan en la información liquida la idea de que la cultura de masas es algo que se produce por un lado, y que la gente la recibe en otro lugar pasivamente. Los nuevos medios están generando una dinámica que ya no se puede llamar cultura de masas, en el sentido de que haya un centro que produzca cultura dedicada a unos consumidores de televisión, por ejemplo. Ahora la gente roba las películas, trae películas, arma sus películas.”

“Son signos muy prometedores, como me parece muy prometedor todo el sistema de apropiación de la cultura. Mi hermano me decía: cualquier película que quieras yo te la consigo. Y yo como un tarado voy al videoclub y le digo: ‘¿No me puede conseguir esta película?’. Como que estoy en el pasado. El tipo este baja lo que se le da la gana de la red. Es decir, que uno se hace su cinemateca.”

De Las tres vanguardias:

“Cuando Brecht tenía veintitrés años, le escribió a Thomas Mann, que ya era un escritor reconocido, para decirle: Mire, el problema entre nuestra generación y la suya no pasa por la diferencia de estéticas, porque francamente su estética no me interesa nada. El único problema es que usted maneja un periódico de cincuenta mil lectores.”

De Los diarios de Emilio Renzi:

“(…) ése es para mí el estado de la literatura: no hay lugar propio, ni hay propiedad privada.”

“‘El escritor no fabrica los materiales con los cuales trabaja’, Macherey. En ese sentido, no es un ‘creador’ que saca algo de la nada. Habría que hacer una historia de los motivos, los temas, los procedimientos, las formas, y esa historia sería el espacio en el cual se debe inscribir una obra para comprenderla.”

“‘La propiedad privada no existe en el campo del lenguaje’, Roman Jakobson.”

“Tomé a Borges como ejemplo de la doble enunciación, o mejor, del texto doble. La cita, el plagio y la traducción, ejemplos de una escritura dentro de otra, que está implícita. Se lee por escrito un texto ajeno y la apropiación puede ser legal (cita), ilegal (plagio), o neutra (traducción). Borges usa su modo personal de traducir para apropiarse de todos los textos que cita o a los que plagia: su estilo ‘inconfundible’ vuelve todo lo que escribe de su propiedad. Usa con gran destreza también las atribuciones erróneas, delirantes y múltiples: habitualmente le atribuye a otros sus propias frases pero también toma como propias formulaciones ajenas.”

“Por mi lado, volví a insistir en que una literatura política debe ir más allá del objeto libro y circular como una práctica abierta hecha de manifiestos, relatos fotocopiados, historias de vida, basados sobre todo en la no ficción.”

“Es la forma, la ficción, la que debe ser reformulada: tiene su propio sistema de recepción mediado, debemos buscar una prosa inmediata y urgente, que dispute con la circulación interminable de noticias en la radio y la televisión, inventar la noticia, como dice Walsh. La prosa documental libera a la ficción y permite la experimentación y la escritura privada.”

“‘No podemos dejar de observar en primer lugar que la cita y el montaje de páginas ajenas en un contexto propio es habitual en Brecht’, Paolo Chiarini.”

“En el cine se ven con claridad las maneras de un autor al que roban y adaptan sin nombrarlo. Por ejemplo, El hombre equivocado de Hitchcock, versión ilegal de Kafka. Taxi Driver de Scorsese, basada en —o mejor, robada de— Memorias del subsuelo de Dostoievski. La adaptación como plagio.”

“(Notas de una vieja clase de Nilda Guglielmi sobre la cultura medieval). En la Edad Media todo lector era al mismo tiempo autor que copiaba en su libro los pasajes interesantes de los autores que leía. Luego agregaba sus propios comentarios y de este modo el libro crecía y tomaba forma. El libro no se ‘publicaba’ nunca, simplemente un día comenzaba a circular de una persona a otra, mientras que el autor seguía agregando nuevos comentarios. El libro no tenía nunca un contenido —o tema o ámbito de ideas— único e incluía todos los centros de interés del autor. ¿Un diario, en fin, repite esta técnica medieval?: dispersión, copia, libro para ser leído después de la muerte.”

Peach & Convention

Hace unos días fui por primera vez al festival Peach & Convention. 5 cosas que me gustaron:

1. Ves a los artistas laburar. No solamente los que tocan, sino también un montón de otros músicos que no tocan pero ayudan: se ocupan de los equipos, venden la bebida, juntan la basura. El decorado del escenario, hecho con tubos de luz, es una hermosa muestra de trabajo do it yourself.

2. Es un festival a escala humana. Va mucha gente, pero no es masivo. Hay quienes se acercan porque conocen a las bandas, y hay quienes justo pasan por la esquina de Durazno y Convención y se quedan un rato. La gente escucha, no grita, está tranquila.

3. Hay buena comida. No estás condenado a un ataque al hígado de hamburguesas y choripanes. Tenés comida variada, rica y vegetariana.

4. No hay estrellas. Alternan en los escenarios bandas que suenan muy bien con otras que suenan mal. Pero todos trabajan por igual. Cada cual toca lo justo y está atento a los relevos. No hay bises.

5. Es gratis. El público agradece y retribuye.

Avergonzar

ashamed

Luego de las apariciones estelares de Jorge Saracini y del Doctor Fernando Vargas en el hall de la vergüenza de la cultura uruguaya, registradas oportunamente por este blog, tenemos el gusto de presentar en esta ocasión a Carlos Rehermann, miembro de la directiva del flamante Colegio de Escritores de Uruguay, entidad famosa porque sus dos primeras y estridentes excursiones públicas consistieron en el rechazo a la ley de acceso a la cultura y en el ataque despiadado a las políticas de género en los fondos públicos culturales.

En su comparecencia en el parlamento del 7 de septiembre pasado, Rehermann consigue la hazaña de inventar argumentos más reaccionarios que los de Agadu y la Cámara del Disco, apelando a una imaginación propia del más refinado corporativismo cavernícola. Frente a la inofensiva posibilidad de que dejen de ser ilegales las prácticas de las personas que trabajan en las bibliotecas, tales como el préstamo público y la reproducción de breves fragmentos de obras dentro de las instituciones, el inefable Rehermann saca a relucir su oscurantismo cultural:

“A la vez, las bibliotecas deberían pagar a los autores, como ocurre en otros países. ¿Por qué una biblioteca me compra un libro y después lo presta trescientas veces? Para su beneficio, que puede ser económico, si es que la biblioteca tiene suscriptores, o social o según sus fines privados o públicos. ¿Pero por qué eso no está protegido? Fíjense que nosotros estábamos pensando que debíamos proponer que las bibliotecas pagaran un canon como en ciertos países y nuestro Colegio se encontró con algo peor.”

“Con respecto al cierre de las bibliotecas yo prefiero que desaparezcan las bibliotecas y no los autores, porque si los autores nunca van a percibir un peso por lo que hacen a la corta o a la larga van a empezar a dedicarse a otra cosa o a publicar en otros países como Argentina u otros en los que se respete el producto de su trabajo.”

Frente a declaraciones semejantes, parece cristalizarse la evidencia de que lo que corre riesgo de desaparición es en verdad la capacidad de sentir vergüenza de todo un vasto grupo de mercenarios de la cultura que, confiando secretamente en su propia insignificancia, se creen inmunes al juicio de la historia, y se consideran así libres para obstruir con cinismo los avances en los derechos culturales de todo un pueblo.

Los gobiernos cambian, pero la policía permanece

―Los gobiernos cambian, pero la policía permanece ―le dijo el oficial francés a Trotsky hace exactamente 100 años, mientras lo llevaba a la frontera con España. La anécdota es narrada en Mi vida. En medio de la catástrofe de la guerra, las fuerzas policiales francesas aprovechan una orden de expulsión emitida trece años antes, en un contexto absolutamente transformado por cataclismos sociales, para volver a hostigarlo. Aquel sarcasmo del policía francés sigue definiendo hoy la manera en que la máquina policial opera en cualquier lugar, inmune a las voluntades humanas e indiferente a las revoluciones. Como un monstruo empecinado en perseguir y en matar, como una maldición dedicada únicamente a persistir.

No siempre fue así, sin embargo. No en todos los lugares. Hace 200 años, mucho más cerca nuestro, un hombre a caballo es detenido en el camino por una partida de policías. Le piden la documentación que acredite que tiene empleo, que no es un vago. No la tiene, y sabe que eso es suficiente para ir preso. Hace entonces el gesto de sacar la credencial, pero saca en cambio el cuchillo con el que mata a todos los policías de la partida. Ese hombre es Facundo Quiroga y la anécdota la narra Sarmiento. Quiroga sabe que quedó fuera de la ley, y hace lo que todos hacen en esos casos: escapa a otra provincia, adonde la ley de aquel lugar no llega. Pasa a ser un desterrado, un desgraciado. Pero en el lugar donde llega no tiene culpas que pagar. Poco después, otra hazaña sangrienta lo convierte accidentalmente en un héroe nacional, y se transforma en el mito de todo un pueblo, en el Tigre de los Llanos.

Quizás lo grande de Facundo, y también de Trotsky, fue haber convencido a su gente de que era posible derrotar a la máquina policial. La misma máquina a la que Trostsky había ya tantas veces burlado en Rusia a fuerza de huidas grandiosas, y que después de 1917 iba a rendírsele; la misma que Quiroga se sacó de encima a cuchillazos, y luego aplastó instaurándose a sí mismo como único brazo ejecutor de la violencia.

La gesta en ningún caso fue gratuita. Ambos fueron muertos a traición, en situaciones confusas, después de haber quedado al margen del poder, y en momentos de debilidad. Exactamente esos momentos en los cuales la máquina eterna se rehace, se pone a andar de nuevo y sale a cobrar venganza.

Una desmentida

En su Introducción a la literatura inglesa, de 1965, Borges dice sobre Conrad: “Había decidido ser famoso; conocía el limitado alcance geográfico de su idioma natal y durante algún tiempo vaciló entre el francés y el inglés, que manejaba con idéntica maestría. Optó por el inglés, pero lo escribió con ese cuidado y con esa pompa ocasional que son propias de la prosa francesa.”

Siempre me pareció fabuloso ese retrato de una persona que construye deliberadamente su fama eterna. El marinero polaco que un día decide ser el escritor más grande de toda una lengua, y elige en cuál de ellas serlo. Siempre que pensé en Conrad fue a través de esa frase de Borges.

Sin embargo, hace poco fui a parar con un librito autobiográfico de Conrad titulado Crónica personal y que está entre lo menos bueno de su obra. Publicado en 1912, ya desde el prólogo advierte al lector sobre un chimento que al parecer flotaba desde hacía años. “Que yo no escriba en mi lengua materna ha sido, por supuesto, objeto de frecuentes comentarios”, dice, y enseguida agrega: “Se ha extendido bastante la especie de que, en su día, a la hora de escribir elegí entre dos lenguas, el francés y el inglés. Esa impresión es de todo punto errónea. Tiene su origen, según creo, en un artículo escrito por sir Hugh Clifford y publicado, creo recordar, en 1898.”

Conrad atribuye el malentendido a “una conversación amistosa e íntima” con Clifford, en la cual, “que yo recuerde, tan sólo intenté decir que si me hubiera visto ante la necesidad de elegir entre los dos, pese a reconocer bastante bien el francés y pese a estar familiarizado con esta lengua desde mi más tierna infancia, me habría atemorizado proponerme el esfuerzo de expresarme en una lengua tan perfectamente cristalizada”. E inmediatamente elimina cualquier sombra de duda: “Jamás pasó por mi cabeza la más remota idea de plantearme una elección”.

Hay, creo, dos posibilidades: o bien Borges había leído la versión falsa y no conocía la desmentida del propio Conrad, o bien conocía la desmentida y consideró que la versión falsa era más adecuada. A veces la ficción ayuda a entender la realidad mejor que los hechos tal como ocurrieron.

Pero la desmentida precoz de Conrad a Borges, lejos de destruir un mito, crea uno más grande. Porque Conrad sigue contando el proceso de adopción: “Fue un acto muy íntimo (…), proponerse explicarlo sería tarea tan imposible como proponerse explicar el amor a primera vista (…)”, y lleva la metáfora amorosa al límite: fue “un reconocimiento casi físico”. Tras ese reconocimiento, la pasión se desata sin remedio: “los giros idiomáticos se apoderaron de mí, modelaron mi carácter”. “Fui yo el adoptado”, concluye. Y como si fuera poco, agrega un énfasis final: “En todo ello no hubo la menor sombra de esa horrorosa duda que cae sobre la mismísima llama de nuestras pasiones perecederas. Supe en lo más hondo de mí que aquello era ya para siempre”.

De nuevo, hay, creo, dos posibilidades: o bien la desmentida de Conrad no es más que una fina y trivial adulación a su público inglés, o bien es una ficción destinada a redoblar el mito. El marinero polaco que jamás habló inglés, un día oye un acento, una cadencia, una forma de entonar, y es arrastrado fuera del mar como por una tormenta, para ser el escritor más grande en lengua inglesa. La ficción que sostenía Borges ahora cambia, se multiplica. El deseo se vuelve necesidad. La gloria amasada fríamente es también arrebato. El idioma deja de ser el instrumento y pasa a ser el sujeto de la historia. Y Conrad, feliz portador del don, insiste:

“Solamente puedo jactarme del derecho a que se me crea cuando digo que de no haber escrito en inglés nunca habría escrito ni una sola palabra”.