Zizek, Lynch y mi vecina Irma

“La voz no es una parte orgánica del cuerpo humano… sale de algún sitio de tu cuerpo… es como si una fuerza extraña se apoderara de nosotros”

Esa frase recordé cuando ayer, mientras iba a hacer mandados, oí desde la calle a mi vecina Irma que retaba a su hija pequeña, y a su hija pequeña que le contestaba, y a mi vecina Irma que la volvía a reprender, que la acusaba de no ser ordenada pero también le explicaba cómo ser ordenada pero a la vez se quejaba de que fuera tan desordenada pero simultáneamente se resignaba a que sea desordenada. 
Lo que me llamó la atención no fue lo que decían madre e hija, ni las razones que cada una tuviera dentro de la discusión, ni la naturaleza de la relación entre ambas.
Lo bizarro era que esa voz, la voz de Irma, no era en verdad la voz de Irma. Era la voz que ya había oído muchísimas veces en circunstancias similares. Repito: no me refiero a lo que se decía, sino a la voz. Esa voz, la voz física de Irma, ese hilo de sonidos tan particular que envolvía una entonación y un ritmo y un timbre y una prosodia peculiares y específicos, era algo que venía de otro lado. Esa voz quejumbrosa, aguda y penetrante, estereotipada y, si se quiere, en gran medida aterradora, esa voz preexistía a Irma y había encontrado el cuerpo de Irma para decirse, era una voz que poseía a Irma y que se decía a través de ella, a pesar de Irma.
“La voz flota tranquilamente, como una presencia traumática… Nos confrontamos a la terrorífica dimensión del objeto parcial autónomo… la cuestión es cómo deshacerse de esta dimensión horrible de la voz”.
La voz de Irma está en todas partes, flotando, como el Mal en las películas de David Lynch. Y el problema es que no es sólo la voz de Irma. Hay otras voces flotando:
Pd: los extractos son del bueno de Slavoj.  

2 pensamientos en “Zizek, Lynch y mi vecina Irma

  1. Caminar por la playa hace que pueda profundizar en mis pensamientos como en niguna otra instancia. Por lo general es el lugar donde se producen la mayor cantidad de síntesis de lo que vengo pensando. No llevo música, ni zapatos, ni nada. Sólo camino. Fuera de temporada es más fácil porque no hay personas, sillas ni peros que esquivar, pero aún cuando la playa está atestada suelo lograrlo.

    Un día de enero, desde el fondo de mis pensamientos me sacudió el grito de mi madre llamándome (el mismo grito de cuando estaba jugando en la vereda y ella me convocaba a tomar la leche): Yamandú!

    Ese grito me hizo saltar (literalmente), y que se me pusieran los pelos de punta y toda la piel de gallina (mi madre murió en 1975).

    Cuando volví la vista, la que me llamaba era Lizy, una amiga de una amiga que me saludaba.

  2. Ay ay ay, me pusiste la piel de gallina a mí también. Primero, porque en estos días estoy quedándome en casa de mi madre… y bueno, su voz…

    Y segundo, entonces está claro que la voz puede flotar décadas enteras sin encontrar un cuerpo, para luego volver de la manera más inesperada y más mórbida.

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