Entrepreneurship

Hace poco leí un artículo de Jaron Rowan sobre las personas-marca y me pasó algo curioso. Rowan señalaba dos maneras de pararse en el mundo, la del sujeto-emprendedor absorbido por la psicosis neoliberal, por un lado, y la postura proto-pos-capitalista de las empresas del procomún por el otro, y si bien cuando el tipo describía una y otra forma de ser en el mundo yo sabía que estaba del lado del procomún, de la lucha por el conocimiento libre, de la gestión comunal, del peer-to-peer, en definitiva, de los buenos de la película, sin embargo no podía dejar de identificarme con cada una de las observaciones acerca de “los otros”, de los sujetos empresa, de los millones de pobres tipos que fuimos víctimas del capitalismo tardío y de la posmodernidad y de las democracias liberales y de la sociedad de consumo y de la era del vacío y de la vida líquida y de los mass media y del fin de la historia, pobres tipos que quedamos con el cerebro hecho polvo y que seguimos, con más o menos pasión, los 12 pasos del entrepreneurship como podíamos haber seguido los 12 pasos de AA, cada uno a su modo pero todos con la misma esperanza (esa esperanza que los mass media y los gurúes te insuflan: esperanza de poder hacerlo uno mismo, de ser independiente y feliz), y si lo hicimos no fue necesariamente por ser personas especialmente vulnerables, o poco dadas al razonamiento, o estúpidas, sino más bien porque, como el alcohólico, sabíamos muy bien de dónde veníamos, sabíamos que nuestra vida anterior, y la de nuestros padres, y la de nuestros abuelos, no había sido precisamente bella, como así tampoco había sido bella la situación existencial de ellos, explotados más o menos salvajemente por el patrón de turno, vendiendo su fuerza de trabajo en forma miserable a señores que los exprimían y les quitaban hasta la última gota de felicidad y de sentido a sus vidas, a cambio de un sueldo mediocre y de 15 días de vacaciones. Sabíamos todo esto y si caímos en las garras del entrepreneurship fue únicamente porque vimos en el bendito entrepreneurship una luz chiquita, una grieta mínima a través de la cual quizás podríamos meternos. Y en el camino, por supuesto, nos fuimos creyendo una tras otra la sarta de estupideces de los manuales empresariales. Eran tiempos en que leíamos, colgados del pasamanos de un tren mugroso, cómo fue que hijos de puta como Bill Gates o Steve Jobs lograron lo que lograron, haciendo su camino desde abajo (porque siempre, según estos manuales, se logra el éxito desde abajo), épocas en las que le pusimos enorme fe a nuestro microemprendimiento de compra y venta de estampillas chinas, y luego al de traducciones técnicas y subtitulados, y al de tarjetas de cumpleaños innovadoras, el de ponchos traídos de Jujuy, el del poker online o las clases de arte por Internet.

Fuimos idiotas, es cierto. Cometimos el error de creer que estábamos ganando algo cuando en realidad (nos lo puede decir cualquier sociólogo de izquierda) estábamos precarizando nuestro trabajo, perdiendo uno tras otro los derechos que tipos de generaciones anteriores consiguieron con luchas y sangre. Lo echamos todo a perder cuando nos fuimos por nuestra cuenta y lo peor es que lo hicimos por voluntad propia, sin ver que las mismas empresas que antes nos tenían que pagar una jubilación ahora nos pedían ellas facturas a nosotros, y haciéndonos los sotas cuando los años pasaban y no teníamos ni puta idea de dónde carajo nos íbamos a caer muertos. Y peor que peor, lo estábamos haciendo con orgullo, con la convicción y la vanidad necia del que va feliz a la guerra, a una guerra orquestada por otros a la medida de sus intereses. Sí, fuimos muy estúpidos. Jamás debimos creer que estábamos ganando. Todo lo contrario: hoy nuestro deber es aceptar que perdimos, que nuestra vida es hoy más precaria, que nada hay más patético que ver a un micro-emprendedor cuando habla de sus cursos de coaching ontológico, de sus planes de negocio, de sus alianzas estratégicas y trata de seducirte y finge que está de buen humor y te miente infantilmente sobre éxitos anteriores y sobre oportunidades imperdibles e inmediatas. Nada hay más patético que ver a ese micro-emprendedor (verse a uno mismo) repasando todas las noches números, fechas, tablas, nombres de personas y precios, inventando una agenda mental hiperconcentrada y alienante, rumiando hasta las cuatro de la mañana ideas obsesivas y desesperadas para conseguir llegar a fin de mes.

Y así y todo, cuando las voces del pasado vienen y nos dicen lo estúpidos que fuimos, lo mal que estamos, lo bajo que caímos en la escala humana, nosotros sabemos que de algún modo lo que hicimos no fue tan malo y que, lo queramos o no, ya no podemos volver atrás. Y si no podemos volver atrás es, en primer lugar, porque no hay lugar para nosotros. Porque ya nadie nos quiere como empleados con vacaciones y cargas sociales y todas esas cosas. Aunque quisiéramos volver a eso (y ojo, no queremos), ya no podemos. Ya estamos excluidos, por las empresas capitalistas y también por esa clase rancia y mezquina en que se han convertido los trabajadores y sus sindicatos. Tipos, los trabajadores, que han hecho todo lo posible por no caerse del barco, por cuidar su culo adentro de las empresas, por dejar que los sigan explotando. Tipos que han sabido arañarle unos mangos a los capitalistas, los mangos suficientes para quedarse tranquilos ellos y despreocuparse de todo el resto de los infelices que vivimos en la más absoluta precariedad. Lo digo yo: hoy los trabajadores no representan a nadie más que a sus propios culos temerosos. La revolución no va a llegar de gente que está dispuesta a matar para defender sus pequeños privilegios. No va a llegar de reclamos mezquinos ni de ideas arcaicas. No. La revolución, si es que algún día llega, solamente puede venir de todos los que nos bajamos o nos caímos o nos tiraron del barco, de todos los que nos comimos la mierda de la persona-empresa, del entrepreneurship y del coaching ontológico, va a venir de todos los que tenemos el cerebro descerrajado y el ánimo atravesado por marcas-sujeto y planes de negocio a micro-escala. Porque nosotros, y acá viene la segunda razón por la cual no podemos volver atrás, no tenemos ningún interés en retroceder a la situación de antes. El mundo líquido y posmoderno y massmediático y neoliberal y consumista es una gran mierda, pero el mundo sólido y moderno y reprimido y de moral protestante fue tan mierda como este.

Algunos nos dirán que antes al menos había lugar para pensar; que la lógica de la publicidad y de los medios masivos nos terminaron por convertir en monigotes fanáticos de marcas e imágenes fetichistas. Y es cierto. Somos eso. Somos monigotes ávidos. No pensamos. No sabemos pensar. Pero los que caímos al vacío y braceamos y pataleamos sobre un fondo negro sin terminar nunca de estropearnos contra ningún lado, de alguna manera extraña intuimos, vislumbramos, guardamos una confianza irracional y meramente sensitiva, en que son esos mismos mass media, esos mismos capitales incomprensibles, esos mismos pulpos gigantescos y opresivos, los que se están destruyendo a sí mismos, los que sin saber cómo ni por qué están fabricando enemigos más fuertes que los que nunca tuvieron, los que, sin quererlo (y esto es lo más importante) están empezando a darnos los medios de producción, los que se dan cuenta de su error pero no pueden evitarlo porque la fuerza los arrastra y entonces, llenos de miedo, montan persecuciones y condenan al oscurantismo a buena parte de la humanidad. Y mientras tanto, muchos entrepreneurs desquiciados, hartos de fracasos y fracasos, empezamos a ver que, como decía Jaron Rowan al principio, hay otras formas de pararse en este mundo posmoderno y massmediático y líquido, y es entonces como sin plan alguno y por la más mezquina necesidad, una enorme cantidad de personas (muchos sin entender del todo lo que estamos haciendo) nos empezamos a organizar, a compartir conocimiento y bienes de consumo, a prestarnos o a regalarnos plata, a colaborar por objetivos comunes, a armar una (más bien, muchas) economías paralelas que, curiosamente, ya no son tan precarias como en tiempos pasados, sino que de repente funcionan y son eficientes (muchas veces más eficientes que los pulpos) y hasta son cool.

Es decir que somos nosotros (y no los trabajadores sindicalizados de hoy, con su mezquindad y con sus cabezas hechas para un mundo que ya no existe porque las condiciones materiales son inevitablemente distintas a las del siglo XX), somos nosotros, decía, los mismos que abandonamos el barco, los que perdimos todos los privilegios, los que sabemos lo que es la precariedad y aun así la preferimos a la esclavitud, los que un día anduvimos con el pecho inflado creyéndonos empresarios y luego supimos que éramos en verdad idiotas, los que nos vimos forzados a encontrar medios nuevos para subsistir y solidaridades nuevas, los que aprendimos a usar las tecnologías por necesidad y no por gusto, los que vimos en estas tecnologías un arma más potente de la que podíamos imaginar, somos nosotros, digo por fin, quienes tarde o temprano vamos a volver obsoleta a la forma de producción capitalista, y quienes, dentro de más o menos tiempo, y no antes de que nos censuren y nos persigan y nos apaleen, vamos a hacer caer a esos pulpos depredadores para el bien de todos.

8 pensamientos en “Entrepreneurship

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    • Qué bueno, Florència. Te cuento que igual ahora no estoy tan optimista en cuanto a que contar con los medios de producción nos va a ayudar tanto :/ Fijate acá.

      Che, no puedo evitar que me dé alegría ver tu blog floreciente. Un abrazo!

      • Bueno ya veo… es imposible ser siempre optimista en este sentido. Muy buenos posts pesimistas también 😉 Gracias por los ánimos! no sabes como me gustaría actualizar más a menudo el blog, ojalá tuviera más tiempo…

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