Algunas cuestiones que me llevan a Rodolfo Walsh y me hacen seguir de largo

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Puedo preguntarme por qué dejé de escribir hace tres o cuatro años y creo que esta vez puedo tener la suficiente madurez como para dar alguna respuesta más o menos preliminar. Dejé de escribir cuentos, poesías y comienzos de novelas. Pero, como la gran mayoría de las personas, no dejé de escribir un montón de otras cosas, que en mi caso fueron las mismas cosas que escribe todo el mundo (documentos, correos, chats), y también algunos posts en este blog y en el blog de Ártica y en algún otro lado. Sea como sea, ahora me pregunto en qué quedó aquel asunto de escribir y me acuerdo de una conversación que, con pocas variantes, surgió en al menos dos talleres literarios a los que fui, pero que en realidad surge en cualquier taller literario de cualquier parte del mundo al que cualquiera pueda ir; que es la conversación sobre para qué uno escribe, o más bien, para qué uno debería escribir, con sus típicas respuestas que se pueden clasificar básicamente en:

a) para generar un efecto estético,

b) para decir algo sobre el mundo.

Por supuesto, uno podría responder que se escribe para ambas cosas, es decir, para decir algo sobre el mundo de manera estética. Hasta cierto punto siempre es así, pero la discusión está, en todo caso, en qué cuestión está antes o, dicho de otra manera, qué valor debería uno privilegiar en los casos en que, por alguna razón, los dos propósitos son incompatibles. Yo siempre fui de los que gritaba que la opción correcta era la b), es decir, siempre pensé que escribir tenía que estar al servicio de decir cosas. Creo que la primera vez que escuché esta posición bien formulada fue de boca de Daniel, el tipo que coordinaba el primer taller al que fui en Montevideo. Después ese taller se terminó y fui a otros talleres y un tiempo después en el taller de Roberto el tema surgió de nuevo y me acuerdo de que tanto Roberto como Martín pensaban que la opción correcta era la a). Tenían varias razones de peso pero la principal, y la que resultaba más convincente, era que después de miles de años de civilización, todo lo que uno creyera que tenía nuevo para decir era simple desconocimiento de algo que ya se había dicho, y que, por lo tanto, era mejor asumir humildemente que uno no tenía nada nuevo para agregar al mundo, más que cultivar una disciplina, aprender todo lo posible de ella y tratar de llegar a resultados estéticamente potables. Yo, o mejor dicho, mi argumento, tenía por el contrario una debilidad fundamental, y era que no quedaba para nada claro qué quería decir “decir algo sobre el mundo”. No quedaba claro, por ejemplo, si tenía que ver con cosas mínimas, como inventar una metáfora nueva o percibir un detalle chiquito pero original, o si más bien tenía que ver con cosas como retratar de manera implacable a nuestra sociedad y denunciar las injusticias, o, en última instancia, con cosas todavía más ambiciosas, como expresar una cosmovisión o un camino verdadero para la salvación del ser humano. Sea como sea, mi manera de ver el asunto era poco satisfactoria y en todo caso tenía más que ver con mi historia personal que con la discusión central, porque, aunque todavía no lo conté, el asunto es que yo venía de haber estudiado unos años antes la carrera de psicología, donde había entrado justo después de terminar la secundaria más o menos con las mismas expectativas, es decir, con la meta un poco desmedida de descubrir cómo funcionaba la mente humana para luego poder transmitir mis conocimientos a otros. Mi relación con la psicología no terminó bien, en parte porque casi toda la psicología está orientada a la actividad clínica, para la cual es esencial el trato directo con las personas, cosa a la que siempre le huí, y en parte porque mis primeros intentos por dedicarme a la profesión académica fracasaron, además de que los primeros trabajos que conseguí, como por ejemplo la aplicación tercerizada de tests de selección de personal en una empresa de seguros de riesgos de trabajo, contribuyeron a desalentarme. De manera que mi destino se torció por estas razones y también porque había algo en la psicología que me limitaba y que me frustraba, y era esa supuesta pretensión científica en todo el asunto, pretensión que era evidente que no tenía ni pies ni cabeza, porque la psicología nunca fue ni va a ser una ciencia y porque quizás su gran problema es haber querido en algún momento ser una ciencia, cosa que, por otra parte, causaba que el 99% de los textos de lectura obligatoria de la carrera de psicología de la universidad de Belgrano estuviera escrito en alguna de las jergas insufribles que se desprendían de cada teoría, lo cual a su vez tendía a volver aburridos los textos que uno leía y al mismo tiempo tendía a estropear las perspectivas de llegar a escribir algo como la gente si uno se ceñía a escribir en jerga de psicólogo.

En fin, la cuestión es que un día pensé que si quería descubrir cosas grandes sobre el ser humano y, sobre todo, si quería dedicarme a decir cosas grandes, quizás la literatura era una disciplina un poco mejor que la psicología, y por eso terminé yendo a talleres literarios y leyendo libros y escribiendo cuentos y comienzos de novelas. Fue entonces, después de pasear por varios talleres y de haberme puesto metas más o menos serias en el rubro, que me encontré con la cruel realidad de la que hablé al principio, esa de que la literatura traía problemas nuevos acerca de si es válido querer decir algo sobre el mundo o si no es mejor dedicarse a manipular los elementos del lenguaje como quien juega al ajedrez para, con un poco de suerte, dar con productos estéticamente valiosos.

Y en este punto aparecía otra pregunta muy relacionada con la anterior pero un poco más abstrusa que tenía que ver con si uno, a través de la escritura, buscaba alguna clase de efecto sobre el mundo y, en caso de ser así, qué clase de efecto buscaba. Porque por un lado es muy cierto que la literatura no es, al menos hoy, un medio de masas, pero también es cierto que así y todo es probablemente la disciplina humana que mejor resiste el paso del tiempo, es decir que si bien su efecto no es masivo en el corto plazo, uno sí podría esperar que, si se hacen bien las cosas y los planetas están alineados, eso que se escribió tenga una vida más larga y, por lo tanto, por decirlo de alguna manera, mayor trascendencia que otros tipos de expresiones. En otras palabras, la escritura puede generar un efecto en el mundo (noten que ya no digo “decir algo sobre el mundo” sino “generar un efecto sobre el mundo”) y entonces el problema está en definir qué clase de efecto debería uno desear o pretender, porque para ser honestos incluso Roberto y Martín y todos los que defienden la tesis de que la escritura tiene antes que nada propósitos estéticos, también creen en última instancia, e independientemente de que lo acepten o no, que esos fines estéticos generan en alguna medida un efecto en el mundo. (Negar cualquier intención de generar un efecto en el mundo, decir que uno escribe simplemente porque le genera placer, es decir, como una variante sofisticada de la masturbación, es válido solamente hasta el momento en que uno piensa en someter lo que escribió a la lectura de los demás, cosa que por cierto es precisamente la razón de existir de un taller literario). El asunto capital por lo tanto es decidir cuál es ese efecto que queremos generar, porque en principio hay muchísimos efectos posibles. El primero y a la vez el más obvio para cualquier persona que escribe es lograr el reconocimiento de los demás y, a través de ese reconocimiento, acercarse al sueño de que la personalidad propia trascienda, que se recuerde más allá de la muerte, que se impriman estampitas, etcétera. La otra posibilidad es escribir para influir en los demás, es decir, contar cosas que busquen afectar la vida de los otros. Por supuesto, acá tampoco las dos motivaciones son incompatibles, porque es cierto que por lo general uno obtiene el reconocimiento de otras personas si previamente logró cambiar de alguna manera la vida de ellas. Y acá, creo, entra por primera vez en juego la cuestión política que se podría formular así: “Muy bien, convengamos que lo que queremos con todo este asunto de escribir es obtener reconocimiento e influir en los demás. Ahora bien: cómo queremos influir en los demás”. Este es el momento en que les pido a Roberto y a Martín y a todos los que hayan tenido la generosidad de llegar hasta acá, el esfuerzo de que se pregunten qué es lo que en realidad quieren generar en los lectores, y se los pido sabiendo que la respuesta inevitablemente nos va a llevar a tópicos como “dar alivio espiritual”, “mostrar la cara oculta de la realidad”, “alcanzar juntos una epifanía” y cosas por el estilo, pero así y todo la pregunta sigue siendo válida porque incluso si pretendemos que nuestro único objetivo es generar en los demás un mero placer estético, ese placer estético jamás puede darse en el vacío, es decir que siempre se genera, al menos en el caso de la escritura, sobre algo concreto. No hay ni puede haber escritura abstracta y, aunque la hubiera, la misma abstracción en su esfuerzo por no decir estaría dando a entender algo sobre el mundo. Por eso, y volviendo una vez más a la cuestión del principio, lo que pasa en realidad es que por más que no lo queramos, siempre estamos diciendo cosas sobre el mundo, y aunque sea por eso es bueno tomarse al menos cinco minutos para ver qué queremos decir. Acá ya tengo un punto un poco más sólido que el que tenía cuando discutía con Roberto y Martín en el taller de literatura de Avenida Italia. Pero tampoco es que de estas reflexiones se pueda sacar una conclusión práctica, del estilo: “entonces me dedico a escribir esto y esto, con tal estilo”, porque no funciona así el razonamiento. Más bien, podría pensarse que la recomendación más obvia que se desprende del propósito de generar un efecto en el mundo es la de dedicarse al periodismo o al ensayo crítico, porque de todos los géneros, estos son los que más se esfuerzan por decir cosas sobre el mundo concreto o por influir de manera más directa en él. La respuesta no es del todo satisfactoria pero, volviendo a mí, en el último año y pico, un poco de casualidad, me vi en la necesidad de empezar a escribir algunos artículos, declaraciones y panfletos para cuestiones que tenían que ver con la coyuntura política, y descubrí con bastante sorpresa que no se me daba demasiado mal ese género y que me generaba cierto placer. Por supuesto, el panfleto es un género bajo, degradado y, a diferencia de la literatura, el efecto que puede lograrse con esta clase de escritura está sobre todo en el corto plazo, en el efecto inmediato. Es la típica distinción entre la escritura baja ligada a lo pasajero y la literatura alta ligada a la eternidad. Y pienso entonces si no es que se podrá hacer una literatura que abarque las dos cosas, lo pasajero y la eternidad, porque si no es así entonces el mundo no es tan tolerable como creía.

Seguro que Rodolfo Walsh fue uno de los que pensó en estas cosas y por eso escribió lo que escribió, y por eso lo escribió como lo escribió. Lo que el tipo puso sobre la mesa con libros como Operación Masacre y Quién mató a Rosendo prácticamente no existe: instrumentos para transformar políticamente la sociedad que al mismo tiempo son obras maestras. Logró convertir el panfleto en arte y viceversa, y ni el panfleto ni el arte salieron lastimados en el camino. Tiene que haber estética en una elocuencia así y, al mismo tiempo, tiene que haber un derrame sobre el mundo cuando se escribe de esa manera. Walsh jugó en la misma liga que Arlt y que Borges pero les ganó y les sigue ganando a los dos por carácter. Walsh dominó la disciplina tan bien como los otros dos, pero se atrevió a lo que los otros no se atrevieron. Por eso Walsh es probablemente el escritor más valioso que salió de Argentina. Y eso aunque, paradójicamente, lo más grande que escribió fue censurado y apenas si pudo leerse en el momento en que salió y entonces uno, si tuviera ganas de ponerse venenoso, podría preguntarse si en realidad no es un ejemplo más de alta literatura que se ignora en su tiempo y luego se hace eterna.

En suma, cuando ahora me pregunto si toda mi vida no hice otra cosa que escribir o si alguna vez escribí y luego dejé o si, peor todavía, en realidad nunca escribí, lo que más allá de todos mis traumas también me estoy preguntando es qué significa escribir. Porque, por ejemplo, en los últimos meses a veces disfruto bastante durante los segundos que dura la elección del adjetivo más adecuado para la efectividad de un panfleto que quizás, con suerte, si es bueno, si logro enfocarlo de manera adecuada, si llega a tocar alguna fibra, logre (en conjunto con muchísimas otras acciones de tantísimas otras personas) cambiar algo en la constelación de causas y efectos para que al final de la semana, o del mes, o del año, el mundo sea un poquito más justo, o convenza a una, dos, diez personas de que vale la pena hacer algún pequeño esfuerzo para estar un poquito más cerca de lo que sea que fuere la revolución.

Quizás hoy escribir significa esto para mí. O quizás este argumento un poco largo es una forma de justificar que en realidad dejé de escribir porque no me salía bien. No es cuestión de mentirme y fingir que no me acuerdo del año entero que pasé tratando de escribir un cuento o un comienzo de novela que valiera la pena, prácticamente sin otra ocupación y con un resultado más bien pobre. Me levantaba, tomaba un té, abría la compu y escribía un rato hasta que me ponía molesto con el hecho de estar tratando de medir mi capacidad de escribir literatura, para lo cual había dejado de hacer otras tareas como por ejemplo buscar un trabajo. Por otra parte, no es que haya sido nunca especialmente ingenioso para los argumentos o buen observador. Lo que sí se me daba mejor que a otras personas era el manejo aceitado del lenguaje o, por decirlo de otra manera, podía escribir dos o tres oraciones seguidas sin demasiados errores de ortografía y de sintaxis. Por todo eso, no me resulta del todo claro si escribir literatura era un deseo genuino o una especie de deber inventado por mí para satisfacer determinadas necesidades de sentirme reconocido, valorado, querido, etcétera. En cualquier caso, cuanto más me tomaba en serio escribir literatura, más dejaba de ser algo placentero para convertirse en un problema que ponía en juego mi autoestima varias veces por minuto. Eso por no mencionar otras cuestiones más mundanas que en aquel momento no llegué a evaluar, como por ejemplo que la salida laboral en Uruguay para alguien que quisiera dedicarse, como quería yo, por entero a la escritura (seamos claros: yo no quería dar clases de literatura, quería simplemente escribir), estaba y está en el terreno de la fantasía.

En suma, ahora mismo no puedo decir con seguridad si la escritura literaria es superior a la de panfletos o viceversa, o si en realidad son lo mismo, y ni siquiera puedo decir cuál de las dos me satisface más porque todo de alguna manera podría estar teñido, por un lado, de una voluntad pueril de autoafirmación y, por otro lado, de cierto temor a admitir el fracaso ligado a una limitación en la capacidad para la escritura literaria, duda que de solo enunciarla trae a mi conciencia sentimientos cuya descripción más concisa podría resumirse en la frase “sentirse una basura inservible”. Lo que sí puedo, al menos, es dejar planteado el problema.

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