Los gobiernos cambian, pero la policía permanece

―Los gobiernos cambian, pero la policía permanece ―le dijo el oficial francés a Trotsky hace exactamente 100 años, mientras lo llevaba a la frontera con España. La anécdota es narrada en Mi vida. En medio de la catástrofe de la guerra, las fuerzas policiales francesas aprovechan una orden de expulsión emitida trece años antes, en un contexto absolutamente transformado por cataclismos sociales, para volver a hostigarlo. Aquel sarcasmo del policía francés sigue definiendo hoy la manera en que la máquina policial opera en cualquier lugar, inmune a las voluntades humanas e indiferente a las revoluciones. Como un monstruo empecinado en perseguir y en matar, como una maldición dedicada únicamente a persistir.

No siempre fue así, sin embargo. No en todos los lugares. Hace 200 años, mucho más cerca nuestro, un hombre a caballo es detenido en el camino por una partida de policías. Le piden la documentación que acredite que tiene empleo, que no es un vago. No la tiene, y sabe que eso es suficiente para ir preso. Hace entonces el gesto de sacar la credencial, pero saca en cambio el cuchillo con el que mata a todos los policías de la partida. Ese hombre es Facundo Quiroga y la anécdota la narra Sarmiento. Quiroga sabe que quedó fuera de la ley, y hace lo que todos hacen en esos casos: escapa a otra provincia, adonde la ley de aquel lugar no llega. Pasa a ser un desterrado, un desgraciado. Pero en el lugar donde llega no tiene culpas que pagar. Poco después, otra hazaña sangrienta lo convierte accidentalmente en un héroe nacional, y se transforma en el mito de todo un pueblo, en el Tigre de los Llanos.

Quizás lo grande de Facundo, y también de Trotsky, fue haber convencido a su gente de que era posible derrotar a la máquina policial. La misma máquina a la que Trostsky había ya tantas veces burlado en Rusia a fuerza de huidas grandiosas, y que después de 1917 iba a rendírsele; la misma que Quiroga se sacó de encima a cuchillazos, y luego aplastó instaurándose a sí mismo como único brazo ejecutor de la violencia.

La gesta en ningún caso fue gratuita. Ambos fueron muertos a traición, en situaciones confusas, después de haber quedado al margen del poder, y en momentos de debilidad. Exactamente esos momentos en los cuales la máquina eterna se rehace, se pone a andar de nuevo y sale a cobrar venganza.

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